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Martes 18 de enero de 2000


EDITORIAL
Mafia China

El domingo el asiático identificado como Enrique Loo, después de discutir durante toda la noche con su mujer, Alicia, la mató de un tiro y después se quitó la vida. Pero el móvil no fueron los celos de él o de ella; discutían porque Enrique se había gastado el dinero del negocio (¡más de 50 mil dólares!) en los garitos chinos.

Alicia y Enrique eran dos jovencitos (no llegaban a los 30 años de edad) que vivían alquilados en un cuartucho de Tocumen, donde también -como invariablemente ocurre con estos asiáticos- tenían en funcionamiento una tienda de abarrotes. De la unión de ambos existe un niño pequeño, a quien habían enviado a China como siempre hacen ellos para que el chiquillo no pierda las costumbres tradicionales, y ahora está en la orfandad.

De todo lo expuesto, lo que motiva las disquisiciones de hoy es la existencia de los garitos, y del sistema en sí que tiene a todos estos chinitos como esclavos en países como Panamá, donde todo se permite después que corra dinero bajo la mesa.

¡Cuántas redadas no se han hecho, en las que se captura a muchos asiáticos indocumentados, y basta una llamada de un chino poderoso para que todos queden libres! Sucedió en San Miguelito hace como siete años, cuando se supo que quien los trae para esclavizarlos en las tiendecitas, también les retiene su pasaporte para que no puedan escapar.

Y son estos adinerados chinos quienes también manejan casinos clandestinos, los garitos, donde los pobres jóvenes dejan el poco dinero que les queda, después de pagar los cientos de miles que deben cancelarle a quien los sacó de la China y los puso en el país del Canal.

Lo peor de todo es que la propia comunidad china prefiere guardar silencio y no denunciar a los explotadores. Se recuerda a un periodista chino-panameño quien dijo en televisión que era mejor no preguntar sobre esta moderna forma de esclavitud, porque a pesar de lo grave del asunto, "ellos están mejor aquí que en China" donde la pobreza los consumía.

Mientras tanto los panameños debemos seguir viendo escenas como la del crimen de Tocumen, con víctimas como Enrique y Alicia, quienes debieron pasar desgarradoras vicisitudes para llegar a la tierra de oportunidades que es Panamá, pero no para lograr la tranquilidad y el progreso, sino para encontrar la muerte por la influencia de una mafia que nadie ha podido, ni querido, detener.

¡Hasta cuándo!

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