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Sin embargo, creo ser el rey de la casa ajena

Redacción | Crítica en Línea

Es una situación que ocurre en muchos hogares: personas que viven "arrimados", que dicho sea de paso son aquellos ciudadanos que no pueden pagar una vivienda. En esta situación se encuentran hijos, parientes que necesitan un techo e incluso amistades de confianza.

Y aprovechando que hablamos de "confianza", hay que mencionar que esto es algo de lo que muchos de los referidos arrimados abusan, pues se comportan como si el televisor, la computadora y la totalidad del contenido del refrigerador fuera únicamente de su propiedad.

La solidaridad es y debe ser la base de la buena interacción entre los seres humanos. Siempre hay que abrirle la puerta a nuestros hijos cuando inician su vida matrimonial y no tienen a dónde ir. ¿A quién más recurrir si no es a los viejos? Y en el caso de los amigos, hay que reconocer que uno nunca sabe si nosotros mismos podemos estar en problemas económicos que nos obliguen a vivir en una casa que no es la propia. ¿A quién recurriríamos en caso de que nuestros padres no estén disponibles?

El problema de "los arrimados" (los abusadorcitos) es que no entienden su estatus. No reconocen que alguien les abrió las puertas de manera temporal y suelen confundir quién es el capitán de la nave o cómo funcionan las cosas donde viven actualmente.

Hay arrimados que quieren imponer reglas donde nadie se las pidió. Son personas que, en su tiempo, gozaron de comodidades que ahora no ven. Les molesta los hábitos de los residentes de la casa, tales como el volumen del equipo de sonido, el televisor o la forma como se expresan.

Nadie puede llegar mandando en casa ajena. Lo saludable es pedir por favor y de frente ciertas cosas porque andar vociferando con el vecino o por los zaguanes de la comunidad no es de hombres, más bien se traduce en una reclamación de patio limoso, y lo que es peor se quejan ante las autoridades como si fueran los dueños de la barraca.

Hermano, si usted está en esta condición, vaya bajando la guardia porque se va a ganar el desprecio de los miembros de su familia, quienes le abrieron la puerta por amor.

No provoque enemistades tontas solo porque no le gusta que los hijos de Doña Petra les guste la vaciladera a carcajadas. ¡Hey, ellos son primos suyos!

Si a usted le abrieron la puerta de la choza, recuerde que las reglas del juegos son de papá y mamá.




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