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EDITORIAL
Patriotismo
Los latinoamericanos estamos definidos como una suerte de subcultura rústica, copiona de los adelantos intelectuales de las metrópolis europeas y norteamericanas o, en el mejor de los casos, mágica, maravillosa e incomprensible, como fruto de una hibridez (como si la ejerciéramos nosotros en exclusiva) nacida de un cruce entre los medios de comunicación de “punta”, el consumo de masas, la propia cultura y nuestro “atraso”.
Existen, también, los nacionalismos, por ejemplo, entre Argentina y Paraguay, Ecuador y Perú, Bolivia y Chile, Honduras y El Salvador, Nicaragua y Costa Rica, República Dominicana y Haití y, a pesar que en algún momento de su historia contemporánea se hayan hecho la guerra, o se odien entre sí, en base a que unas se parezcan más a las metrópolis que las otras, hay algo que las recubre y les rebaja su agresividad nacionalista, al mismo tiempo que las une, frente al “otro” poderoso por encima de ellas que las humilla y las iguala. Lo que nos une, en muchas ocasiones es, pues, el odio del “otro”, no las características compartidas.
Un buen patriota es alguien que tiene la virtud del “patriotismo”. El patriotismo es el deber general que impone aquella parte de la justicia que se denomina “justicia legal”, y consiste en “el amor y la piedad hacia la patria en cuanto a tierra de nuestros mayores o antepasados. Se manifiesta principalmente de cuatro modos”. Primero, con el amor de predilección para con el lugar donde se ha nacido por sobre las demás naciones; conciliable, sin embargo, con el respeto a todas ellas y la caridad universal. Segundo, por el respeto y honor para con su historia, tradición, instituciones, idioma, símbolos. Tercero, con el servicio, que consiste principalmente en el fiel cumplimiento de sus leyes legítimas, sobre todo, las relativas a tributos e impuestos, condición para el crecimiento y engrandecimiento; en el desempeño desinteresado y leal de los cargos públicos que exige el bien común; en el servicio militar, etc. Y un último modo que es la Defensa contra sus perseguidores y enemigos interiores o exteriores.
Al verdadero patriotismo se oponen dos vicios: Uno, por exceso, el nacionalismo exagerado, llamado a veces «chauvinismo», que ensalza desordenadamente a la propia patria como si fuera el bien supremo y desprecia a los demás países injustamente e incluso con injurias de hecho. Algunas de sus manifestaciones son la xenofobia, la discriminación racial, la idolatría de símbolos o elementos patrios. Y dos, por defecto, el internacionalismo apátrida, es decir el de los hombres sin patria que desconocen la suya con el falso argumento de ser ciudadanos del mundo.
Por este motivo, muchas personas, siendo grandes patriotas, no han tenido reparo en elogiar a otros países en aquello que esos países tienen de elogiable y que muchas veces no es poco (basta pensar en sus héroes, sus grandes pensadores, los grandes monumentos y logros económicos, por ejemplo). En Panamá, en este año del Centenario, debemos aprender un poco sobre nosotros mismos. Y es urgente, porque escasea el patriotismo que antaño nos distinguió.
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PUNTO CRITICO |
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