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El panameño está muy acostumbrado a quejarse. Pero de la queja (esa perorata en la esquina o en la fila de un supermercado) no pasa. Es incapaz de organizarse para pelear por sus derechos; no participa en ningún movimiento reivindicativo, ni es capaz de construir un sistema más justo para él y los suyos.
Eso es porque estamos muy acostumbrados como pueblo a que la solución de los problemas vengan de otra parte distinta de nuestros propios círculos de acción. Nos cruzamos de brazos y no echamos hacia delante ni intentamos hacer las cosas por nuestro propio medio.
Que el gobierno, la iglesia o los clubes cívicos hagan las cosas: esa es la consigna. Nunca pensamos en organizar un movimiento para evitar los perros callejeros, o para evitar que se ensucien las calles, o para la rebaja del pasaje de bus.
Lo peor es que el panameño común es incapaz de dar un paso en la dirección más importante: hacer respetar sus derechos. No hace nada concreto, solo gritar, hablar y quejarse en la fila.
Pero si, por ejemplo, un local comercial eleva los precios indiscriminadamente, sigue comprando ahí, se queja, pero sigue comprando ahí. No sabe ni quiere saber de boicots contra esos comerciantes abusadores ni contra los jueces corruptos ni nada por el estilo.
Por eso el país sigue así, porque nadie hace nada... ni siquiera por sí mismo y su familia. |