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EDITORIAL
Sesiones extraordinarias
Haoy se inicia otro lamentable episodio de la historia política nacional: Los debates para la ratificación o no de dos nuevos magistrados de la Corte Suprema de Justicia.
Esta escogencia ha sido desde el inicio un parto doloroso. Antes que la Presidenta de la República y su Gabinete propusieran los nombres de los candidatos, ya la Asamblea Legislativa era un hervidero de contradicciones. En el camino, el Ejecutivo decidió hacer pulso con los legisladores de oposición y les quitó las partidas circuitales en el Presupuesto General del 2002, al tiempo que les negaba el pago de salario a los empleados del Organo Legislativo, nombrados por el PRD y el Partido Popular, quienes controlan esta dependencia estatal.
Como respuesta, el bloque opositor rechazó el proyecto de presupuesto que eliminaba estas partidas de la discordia, obligando al país a vivir con el presupuesto del 2001, que ya había nacido minusválido y poco realista.
En el medio de esta vorágine, lo que estaba clavado como un quiste maligno, era el tema de la ratificación de los magistrados. Ese fue el hilo conductor de toda esta descarga de energías negativas, que le han dado al país el peor fin de año desde la invasión estadounidense en 1989.
Y el sistema de justicia, que se supone le da equilibrio a todo el andamiaje democrático, se tambalea sumido en la falta de credibilidad que está generando la pugna.
A todo esto hay que anotar la falta de visión de bando y bando, porque han dejado de lado temas mucho más importantes como la reactivación económica, la reforma educativa y hasta la modernización del Canal de Panamá, para centrarse en el asunto de los magistrados y las partidas circuitales, es decir, en determinar quién controla más influencia y maneja más dinero. Todo de cara a las elecciones del 2004, que ya prometen ser una catástrofe, porque con el rechazo del presupuesto se deja por sentado que no hay dinero para los obligados preparativos.
Como vemos, un grupito no mayor de mil personas le está aguando la fiesta a más de dos y medio millones de panameños. Aquellos juegan a la política, a hacerse de la mayor cantidad de poder posible en cada toma de decisiones; estos, la mayoría silente, apática y sufrida, miran desde la barrera como unos pocos lo destruyen todo para aprovecharse de los desechos que encuentren bajo las ruinas.
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PUNTO CRITICO |
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