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Son las tres de la madrugada y la pantalla en blanco. No pude escribir nada sobre mi madre, que no haya dicho ya. Lo que me quedó fue ese poema arrugado en el suelo, solitario. Fue lo único que pude exprimirle al alma. Intenté con las anécdotas, reconstruí los cristales rotos de la memoria, y volví a verla con el delantal manchado por la salsa rubí de un macarrón de otro mundo; lloramos juntos otra vez en mi mente por la muerte de papá; la recordé aplaudiendo mi nombre en la graduación de bachiller. Sin embargo, nada de eso me gustó para contarlo. Son lugares comunes que ustedes y yo hemos pisado tantas veces en esta columna. Solo quedó el poema.
Pero no importa, después de todo los versos son lo que más se parecen a esos días con mi madre, quien logró que la vida fuera una larga y agridulce copla, ingrávida hoja seca, pero útil como el agua y el aire... un bolero de esos que rompen pechos, y se escuchan bebiendo ron.
Dice así:
CANCIÓN DE AMOR
El pequeño sonido de tu nombre, cómplice susurro en alta noche, me amamanta en el insomnio.
Tu nombre es clave secreta, pinchazo de agua helada, ruido de mar, pero no al golpear de las olas, si no cuando las olas se van.
Tu nombre me trae el olor de la madera, la llovizna de las tardes, la campana, el sol repetido en los húmedos ladrillos, la sal.
Vuelvo a caminar aferrado de tu mano, santa tutelar que lava ajeno. Que canta y me muestra la acuarela del mercado.
Al nombrarte vuelvo al pesebre de tu abrazo, escucho rezar la luna desde el balcón en las noches sofocantes de un febrero.
Retorna a mi boca la seda de tu leche tibia, manjar casto que me colma y reconforta, y el oasis de tus ojos verdes me da paz.
Cuando campean en mí las soledades, y la vida me atraganta sus venenos, sólo con nombrarte me libero.
En esas horas de sombras y vacío llegas firme, conjurando la fatiga,cansada, doblada por el tiempo y sola.
Pero te tornas todopoderosa al verme, levantas a tu hijo genuflexo, y besas mi frente con tal gozo y fortaleza que dejo de estar triste en ese acto, y tú no eres más una solitaria vieja.
Apareces taconeando como en esos días. y ya no hay dolores ni llanto ni clamores; no hay espasmos ni cuerpos yertos. Sólo estás tú, sonriendo, bella, con tu cara de espuma y hierbabuena
Y me duermo, Chefa. |