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Ocurre en las vecindades, donde los residentes se quedan callados cuando ven que alguien comete un delito. Primero lo hacen por miedo, pero también porque poco les importa la vida de los demás. También ocurre en las oficinas públicas y privadas, donde nos damos cuenta que alguien está haciendo algo inadecuado, o padecemos los procesos infecundos y poco prácticos, y también nos quedamos callados, porque lo único que nos importa es la plata de la quincena y no el buen servicio.
También se ve en las casas, donde sólo sabemos gritar cuando creemos que tenemos la razón, pero no nos preocupamos por cambiar nosotros de buena manera. En la medida que cada cual inicie un proceso de mejoramiento personal, la familia en pleno se supera.
Vemos igualmente que en la sociedad, el conglomerado no hace ni dice nada cuando ve que un grupito de avivatos afortunados hace de la patria lo que les da la gana. Nos quedamos con los brazos cruzados. Únicamente hacen algo quienes están directamente afectados por alguna decisión política. Pero cuando es asunto civil, ciudadano, donde el daño es más moral o político que material, guardamos silencio cómplice. Si seguimos con esa actitud, pronto Panamá será un país de damnificados. Pocos vivirán bien, con todas las reglas del juego a su favor, y muchos estaremos bajo tierra, comiendo estiércol. |