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Jueves 2 de diciembre de 1999


MENSAJE
Prisión a todo lujo

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Hermano Pablo

El apartamento fue especialmente diseñado. Un arquitecto elaboró los planos: dos cuartos bien amplios; dos compartimientos para vestirse; un baño completo, instalado a todo lujo; un balcón que miraba a un valle florido. Y todo esto con calefacción para los días fríos y refrigeración para los calientes. Pero este no sería un apartamento de soltero millonario; ¡había de ser una prisión! Uno de los grandes traficantes de drogas se lo hizo preparar para él mismo al reconocerse convicto de narcotráfico. Era una prisión bellísima, eso sí, pero de todos modos era prisión.

Las cárceles han tenido siempre fama de horrorosas. Siempre han sido frías, oscuras, plagadas de ratas, cucarachas, telarañas y murciélagos. Han sido lugares de dolor, de lágrimas, de amarguras, de frustraciones. Así es toda cárcel, excepto la de este hombre. La de él era cárcel de lujo, cárcel como para vacaciones, cárcel para darse gusto. Pero no dejaba de ser cárcel. Podía ser de lujo. Podía tener de todo. Pero le faltaba lo principal. Le faltaba la libertad.

El ocupante de una cárcel semejante puede mirar cómo vuelan las aves por el valle florido, pero no puede seguirlas en sus vuelos. Puede ver correr el arroyuelo por entre vegas verdes, pero no puede refrescar sus pies en él. Puede contemplar los grandes aviones que vuelan por encima, pero no puede, aun con todo el lujo de su cárcel, hacer un solo vuelo. Tal hombre es un prisionero, y no hay para él libertad.

Saliéndonos de lo literal de esta noticia, una persona puede tener de todo en este mundo, pero ser, como quiera, el prisionero más cautivo que existe.

Aparte de las prisiones más conocidas, como lo son tener que pasar toda la vida en una silla de ruedas, o el tormento de compromisos serios por descuidos comerciales, o la amenaza de enemigos políticos por maniobras refractarias, hay otra cárcel todavía más severa. Es la cárcel de la inseguridad espiritual.

Sabemos que hay un Dios. Sabemos también que llegará el día de confrontación con nuestro Creador. Y sabemos que no vivimos preparados para ese encuentro. Esta es una severa cárcel espiritual. Podemos creer que no existe ningún Juez divino. O podemos creer que ese día de juicio está muy lejos, o podemos creer que el asunto no tiene que ver con nosotros. Pero por alguna razón inexplicable, no se nos quita de encima la inquietud.

¿Por qué no salimos de esa cárcel? La puerta ya está abierta. La abrió Jesucristo con la llave de su sacrificio. Sólo tenemos que amistarnos con Cristo, y la culpa, el temor y la ansiedad que son nuestra prisión serán disueltos. Aceptemos la libertad que Él nos ofrece.

 

 

 

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