MENSAJE
Perdio su silla
- Carlos Rey
Era el siglo XV y reinaba en
Castilla Enrique IV de Trastámara. El arzobispo de Sevilla, Alonso
de Fonseca, tenía un sobrino del mismo nombre que llegó a
ser conocido como Alonso de Fonseca II, quien a su vez fue nombrado, a
muy temprana edad, arzobispo de Santiago de Compostela en la región
de Galicia. En esos días el pueblo gallego estaba tan inconforme
con el manejo de la diócesis que eran incesantes las revueltas mediante
las cuales manifestaba su desacuerdo. Con todo y lo difícil que
iba a ser la tarea que tenía por delante, el joven Alonso, en lugar
de calmar los ánimos de sus decepcionados diocesanos, los armó
de razones para oponerse al poder que le confería su cargo y el
modo en que lo ejercía. Cuando por fin se dio por vencido, consultó
a su tío, que era perito en materia de gobierno eclesiástico.
Así que el tío Alonso marchó para Santiago, y el sobrino
Alonso ocupó su nueva silla arzobispal en la capital sevillana.
Una vez que el tío logró pacificar Galicia y dejar ajustadas
las riendas de gobierno para su sobrino, regresó a Sevilla satisfecho
y confiado. Pero sucedió que el ingrato de su sobrino, tan ambicioso
y desleal como incapaz, se había amañado tanto que hizo todo
lo posible por afianzarse en su nuevo puesto. Alegó que el trueque
había sido permanente y se negó a abandonar la diócesis
sevillana por las buenas. Sobra decir que esto provocó una disputa
tan grande entre tío y sobrino que precisó de las intervenciones
tanto del rey como del Papa mismo para que el sobrino finalmente devolviera
el arzobispado a su tío y regresara a Santiago. De ahí que
la frase a la que dio origen esta anécdota no debió haber
sido: "Quien fue a Sevilla perdió su silla", como se conoce
popularmente, sino: "Quien se fue a Sevilla perdió su silla".
Lo cierto es que hay una diferencia enorme entre el espíritu del
evangelio de Jesucristo y el que dio pie a esta frase hecha. Cristo enseñó
todo lo contrario: en lugar de buscar las sillas de honor y los primeros
puestos públicos -×y ni hablar de afanarnos por permanecer en
ellos indefinidamente!-, debemos ocupar los lugares modestos, que son los
últimos; porque el que se enaltece será humillado, y el que
se humilla será enaltecido; y porque sólo así, en lugar
de recibir la aprobación y la recompensa de los hombres, recibiremos
la aprobación y la recompensa de Dios, que ve hasta lo que hacemos
en secreto.


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