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Domingo 12 de noviembre de 2000


EDITORIAL
Presidencia en el limbo

La definición del próximo presidente de Estados Unidos permanece en el limbo, cinco días después de culminar los comicios electorales. Hay casi un virtual empate entre los candidatos George Bush y Al Gore.

La mayor potencia del mundo que siempre ha dictado pautas en materia electoral a los países de América Latina, ahora está inmersa en un tremendo embrollo propio de las repúblicas bananeras, como ellos tildan a las naciones subdesarrolladas.

Por lo estrecho de la votación, se ha producido una situación sin precedentes en la historia del coloso norte. Aunque los instrumentos legales existentes en Estados Unidos están funcionando, ya surgen protestas callejeras cuestionando la legitimidad de las elecciones, sobre todo en condados de la Florida.

Cuando termine el crucial recuento de votos de la Florida, es probable que se desate una lluvia de acciones legales, bajo el argumento de que se cometieron supuestas irregularidades en los comicios, lo que afectaría aún más la imagen de Estados Unidos y crearía mayor incertidumbre a la existente.

Cualquiera que sea el ganador, deberá hacer esfuerzos para unificar al país, ya que la votación revela la existencia de una clara polarización.

La Constitución norteamericana establece que cada estado escoge, por elección popular, un grupo de electores igual al número total de miembros que lo representa en el Congreso.

Los electores de los 50 estados y el Distrito de Columbia (un total de 538 personas) constituyen lo que se conoce como el Colegio Electoral. Para el 17 de diciembre, los electores se reúnen en las capitales de los estados para votar por presidente y vicepresidente.

Generalmente, cada elector vota por el candidato que haya recibido el mayor número de sufragios populares en su respectivo estado y para resultar elegido, Bush o Gore deben obtener la mayoría absoluta de 270 votos electorales. Si ninguno obtiene la mayoría requerida, la Cámara de Representantes (por ser la parte del Congreso más cercana al pueblo) debe elegir al presidente entre los tres aspirantes con más alta votación.

En 1969, en la campaña de John F. Kennedy y Richard Nixon, el primero ganó las elecciones apenas por 118,574 votos y aunque había campo para impugnar los comicios, sobre todo por evidentes irregularidades en Texas e Illinois, Nixon optó por no proceder.

Hoy, Gore y Bush deben decidir hasta dónde están dispuestos a llegar en su pelea por el último voto, que los puede llevar a la Casa Blanca; mientras el mundo observa intranquilo el comportamiento electoral de la primera potencia del planeta.

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