Hace poco, dos personas conocidas se enteraron que estaban afectadas por tumores malignos o lo que comúnmente se conoce como cáncer. Ambas personas tuvieron experiencias muy particulares y distintas a la vez con la atención de los especialistas que conocieron sus casos Una de ellas fue sometida a una operación en un hospital estatal, pero seguía teniendo fuertes dolores que le arrancaban lágrimas y afectaban sus compromisos laborales. Su estrechez económica le impedía costear por el momento la atención en un consultorio privado, pero con la ayuda de familiares logró al menos el dinero para la consulta. El médico que la atendió se preocupó por su caso. Le practicó una cirugía sin ayuda de enfermera y sólo cobró los 40 balboas de la consulta. "Dios me lo pagará", exclamó el galeno. La paciente con los dolores propios de la intervención, sólo pudo ensayar una leve sonrisa, dio las gracias y reafirmó: "Dios se lo pagará".
El otro caso es todo lo contrario. Se trataba de una señora. Un examen preliminar reveló la posibilidad de un cáncer, pero se requería un examen más profundo. Pidió una cita para el hospital público encargado de ese tipo de enfermedades, que se la dieron casi para un mes después. La mujer entró en una terrible depresión, algo lógico cuando se teme que se padece algo que le puede arrancar la vida a cualquiera. La espera desespera. La afectada decidió pedir una cita en una clínica particular, la cual fue concedida, pero cuando se preparaba para acudir recibió una llamada de la secretaria del médico anunciando que el doctor no podría atenderla. Era la víspera de Fiestas Patrias. La pobre mujer tendrá que esperar más hasta que se acabe el largo asueto propio de la época. A veces una cosa no nos parece urgente, pero para una persona afectada es prioritario, porque además de la posible enfermedad que pueda estar padeciendo, está en juego la salud mental de la paciente .