Lunes 4 de noviembre de 2002

 

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  OPINION

EDITORIAL
Mensaje presidencial

Anoche, casi a la misma hora cuando hace 99 años un grupo de osados apostó por la libertad y proclamó la separación de Colombia, sin armas ni certidumbre política alguna que sustentara semejante paso, la mandataria Mireya Moscoso le habló a la nación en cadena nacional de radio y televisión para recordarles el episodio aquel, y exhortarles a celebrar unidos la fiesta del centenario de la república.

El mensaje fue sencillo e idílico. Otros dirán que insulso. Como si le estuviera hablando a un salón de clases de primaria, y no a un país donde convergen personas de toda índole, la mayoría pensante y capaz de hacer girar los engranajes de una de las economías más importantes de la región.

Se limitó a ponderar la figura de los triunviros de 1903, y de otros gestores de la nueva república, así como invitó a valorar el significado de los símbolos patrios y la herencia cultura y social que nos distingue de todas las otras naciones del mundo.

Eso fue todo. No es que lo dicho por la primera Magistrada del país esté fuera de lugar. Para nada. Es importante que los panameños volvamos la mirada atrás y busquemos en la raíz nuestra razón de ser como nación, entendiendo como nación mucho más que un conglomerado de gentes que habitan en un territorio definido, sino como aquel grupo humano que comparte ideales, tradiciones y esperanzas.

Los panameños hemos perdido toda noción de patria. Ya no se nos inflama el alma cuando escuchamos las notas del himno nacional y vemos ondear la bandera. Esos tiempos pasaron. Tal vez por eso la presidenta Moscoso invita a que volvamos sobre nuestros pasos y busquemos en el camino recorrido dónde se nos perdió el patriotismo y lo rescatemos.

Sin embargo, el país esperaba mucho más del mensaje de anoche. La ocasión era propicia para hacer un inventario de nuestra historia. Sin banderías políticas -que ya no tienen sentido casi un siglo después- era momento de reivindicar héroes que se han quedado en el anonimato; la coyuntura era estupenda para identificar los errores que nos desviaron del camino a lo largo de 100 años; qué bueno hubiera sido contestar a la pregunta "¿por qué después de un siglo seguimos siendo un país con el 70 por ciento de la población sumida en la pobreza?"; hubiese sido oportuno sacarle brillo a las conductas que nos deben llenar de orgullo como pueblo; el instante era magnífico para decir qué se va hacer, cuándo y cómo para sacar adelante a este país tan noble, pero estancado en su propio miasma.

Pero el momento ya pasó. Una vez más, lo que debió ser no fue. Sólo nos queda esperar, a ver si en la próxima ocasión hay un poco más de sensatez y visión de conjunto. Y más amor por la nación de los panameños.

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