Cuando nos enfrentamos a la pérdida de un familiar o ser querido, los adultos tenemos la errónea creencia de que los niños no sienten o no entienden lo que está pasando.
Por si fuera poco, evitamos a toda costa que vean o escuchen lo que está ocurriendo en esos momentos, tratando equivocadamente de ocultar el sufrimiento para acelerar el proceso de olvido y de volver a la realidad lo más pronto posible.
PARA CADA EDAD
Los padres tienen el deber de hablar del tema con el niño, teniendo en cuenta que dependiendo de la edad, el pequeño posee su propia perspectiva de la muerte.
Hasta los tres años, el niño no tiene definido lo que es la muerte; sin embargo, lo manifiesta a través de reacciones como llanto constante, se torna irritable, pierde apetito, duerme poco y mantiene una constante búsqueda de esa persona. A la edad preescolar hasta cumplidos los 9 años, el niño se torna triste, pensativo, agresivo, trata de llamar la atención y cree que el ser querido en cualquier momento regresará. Pasados los 9 años, el niño piensa al igual que los adultos que morir es algo natural, físico, universal e irreversible; no obstante, no tiene plena conciencia de la verdadera realidad.
LA PREGUNTA DEL MILLON
¿Qué hago ante esta situación?, se preguntarán los padres o familiares.
Lo primero es aceptar la situación, asegura la doctora Elisa Bosques, especialista de la Fundación Piero Rafael Martínez.
Explicarle abierta y claramente el proceso de la enfermedad o la muerte del ser querido es el siguiente paso.
Nada de frases como "se fue de viaje", "se durmió", "se fue para el cielo", o "tienes un angelito".
Cuando se refiera al ser querido, hágalo en tiempo pasado, evite hablarle en tiempo presente.
Permitir, si es la voluntad del niño, a que participe en las ceremonias religiosas.
Estimule al niño a que exprese sus sentimientos sobre la pérdida del ser querido y los recuerdos con referencia al ser querido perdido.
El adulto no debe privarse de manifestar su dolor en presencia del niño.
Evitar cambios drásticos en el entorno familiar, las tareas cotidianas y las costumbres ya establecidas.
No haga cambios inmediatos.
Estimular a que el niño participe en los cambios. Estimular al niño a que busque nuevos amigos y proyectos.
Todos estos pasos ayudan a evitar que su pequeño se vea envuelto en la apatía y ausencia, que son reacciones comunes ante la pérdida de un familiar o compañero cercano. La disminución de la autoestima y sentimientos de culpa y autorreproches ante la muerte del ser querido también pueden presentarse, así como la tristeza permanente.