La bibliolatría, el chauvinismo religioso, el fanatismo apostólico, el apasionamiento por las escrituras, palabras impresas en papel y escritas por hombres, textos y letras que justifican más de 1000 religiones e iglesias, no es más que la muestra fehaciente de lo que verdaderamente es el ser humano. Afanado a una religión, a dogmas, a ceremonias y venias que lo alejan del verdadero sentido y espíritu de Dios. Prueba de ello es que siendo el libro más vendido en el mundo, sus letras, sus epístolas y sus esquelas no han calado ni llegado al corazón del hombre y la muestra de ello está casualmente en que el hombre, la especie animal con uso de razón, desde el inicio de la humanidad se la ha pasado peleando, destruyendo, detractando, matando todo lo que se le presenta por delante; apoteosis a la gula, a la avaricia, al salvajismo económico, al atesoramiento y por el culto al dinero.
Podemos afirmar que en la Biblia lo único sensato que se dice y que tiene sentido cristiano son los diez mandamiento de Dios y al que su hijo, quien vino a echar por tierra toda la ley anterior, el viejo testamento, añadió el amarse los unos a los otros como el nos amó. Para ello Cristo dijo que el que quería seguirlo tenía, casualmente, que apartarse de todo lo material, vestirse de harapos y seguirlo predicando su obra pero no con palabrerías ni fanatismo bíblico sino con hechos con muestra y obras que demuestren ese humanismo, esa filosofía cristiana, esa filantropía del amor por el prójimo.
La única forma de alabar, de orar, de querer a Dios, es amando y perdonando, es actuando con caridad, con la alegría de poder ayudar a los demás, de sacarnos el pan de la boca para dárselo a otro que también lo necesita.
Me refiero a que encuentren en el millón de palabras do ese libro ó en la vida, la verdad; porque si la encuentras te harás libre. Encuentra al verdadero Dios que está dentro de ti.