El hallazgo en Chilibre de un hombre descuartizado y la decapitación de un humilde taxista coclesano por malhechores han estremecido a la comunidad panameña en esta semana que termina. Estos asesinatos, notables por su saña y brutalidad, demuestran que el mundo de la violencia extrema que en otras latitudes que observa, ha llegado a nuestro país.
La delincuencia sobrepasó los niveles de la tolerancia social y ahora abusa de su enorme poder coercitivo, en donde la ley del silencio es la norma. Todo parece indicar que estamos en las puertas de una nueva era en la criminalidad.
Este aumento de la violencia en las calles, de los ajusticiamientos y la lucha de los delincuentes por dominar los oscuros negocios también tienen su fundamento en la pérdida de valores en la sociedad. Es tan grande la fuerza del dinero sucio y tantas las influencias, que muchos temen que las autoridades estén perdiendo la guerra contra el hampa.
Las autoridades policiales encargadas de la seguridad pública deben hacer un enorme esfuerzo por frenar este aumento de la delincuencia en el Istmo. Obviamente, la presencia de un pie de fuerza en las calles, el incremento de las rondas de los agentes del orden en las barriadas, los operativos de profilaxis y el reforzamiento de las fronteras para evitar el tráfico de drogas, de armas y el contrabando, son medidas lógicas que inmediatamente deben implementarse acabar con el crimen.
Empero, también es recomendable rescatar las campañas para incentivar en la ciudadanía su responsabilidad para acabar con el crimen organizado. La promoción de la honestidad, los valores, la moral y una actitud de ética positiva son ejemplos que debemos promover en nuestro hogares, en el trabajo y la comunidad.
Sin el apoyo de la ciudadanía, poco o nada pueden hacer las autoridades.