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La fuente de vida se fue secando en ella lentamente. Cada día eran menos los gramos de leche, y cada día cada gramo traía menos proteína. Fue así como la pequeña María Isabel Quispe, que dependía de esa sola fuente de vida para su subsistencia, fue perdiendo peso, hasta exhalar su último suspiro.
María Isabel murió a los siete meses de edad en La Paz, Bolivia. Su madre, la que la amamantaba, la que era su única esperanza de vida, estaba también muriendo de anemia. Ella y cien mujeres más estaban haciendo huelga de hambre para que el gobierno proveyera trabajo para sus esposos.
Anemia física, anemia económica y anemia social, las tres anemias se habían juntado para causar la muerte de la pequeña María Isabel.
¡Triste caso este de una madre boliviana y su hija! Flaca y anémica por las continuas privaciones, hizo huelga de hambre para pedir trabajo para su esposo. Se enflaqueció hasta lo sumo, y la leche que daba a su hijita ya no era leche sino anemia. Con razón murió la niña.
Con todo, la anemia no se limita a causas físicas, económicas y sociales. ¡Cuántos padres y madres hay que tienen neveras y despensas llenas de comida, e hijos que no carecen de nada sino que, al contrario, tienen de todo en exceso -comida, vestidos, zapatos, juguetes-, y sin embargo, millares de esos niños abandonan el hogar a los doce o trece años de edad porque, a pesar de tenerlo todo, están, como quiera, anémicos! Están anémicos de amor, de cariño, de ternura, del interés de sus padres. Tienen de todo para comer, para vestir, para jugar. Materialmente no les hace falta nada. Pero no tienen aquello que es más importante que todo lo material. No tienen el amor del padre ni el cariño de la madre.
Las cosas materiales no bastan para satisfacer todas las necesidades del niño. Él, también, vive de amor, de afecto, de cariño, de estima. Vive de compañerismo, de comprensión, de consuelo, de amistad. Si ese niño, ese joven o esa señorita no reciben amor y cariño en el hogar, tarde o temprano saldrán a buscarlo donde quiera que lo puedan encontrar.
Hay algo más que necesitamos todos, no sólo nuestros hijos sino también nosotros los adultos. Necesitamos una vida de paz y de tranquilidad. Necesitamos vivir con fe. Necesitamos creer en Dios y hacer de su Hijo, Jesucristo, el Señor de nuestra vida. Sólo Cristo puede satisfacernos por completo, al llenarnos de su amor. |