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Es común encontrar un número plural de personas que se preocupan por su apariencia física, como el vestir bien, peinados a la moda y maquillaje de apariencia.
Pero descuidamos nuestro léxico, lo que decimos, dónde lo decimos, frente a quién o quiénes lo decimos y hasta cómo lo decimos.
Hay quienes opinan que en esta vida de democracia y libertad, todo se puede y se debe decir. Puede ser que les asista la razón. Pero no menos importante es, el hecho de que todo tiene su momento y todo tiene su lugar.
Existen muchas damas y caballeros que lucen una buena apariencia o presentación física, pero en cuanto les escuchamos hablar, desencantan y la personalidad se les viene abajo.
Nada justifica que en la oficina o en el lugar de trabajo hablemos a gritos como si estuviéramos en una taberna o en un jolgorio, y mucho menos es justificable el hecho de que utilicemos un vocabulario obsceno, “palabras gruesas”, “vulgares o sucias”.
Es irrespetuoso, imprudente, de mal gusto y denota una educación y cultura mediocre, el expresarse en términos inapropiados en cualquier lugar, incluyendo nuestra propia residencia, y peor aún, si lo hacemos en presencia de compañeros de trabajos, clientes o menores de edad.
Debemos apreciarnos y respetarnos a nosotros mismos, tratar de superarnos siempre y de vivir una vida de mejor calidad, comenzando con nuestra conducta y vocabulario, para tratar de ser mejores ciudadanos y dignos ejemplos de hijos, cónyuges, hermanos, tíos, padres, padrinos, compañeros y amigos. |