Tenemos que cambiar de mentalidad, el tiempo con sus razones se muestra inexorable, la cultura del botarate no puede continuar con nosotros, se exige una nueva modalidad, donde necesitamos ser los centinelas celosos de los centavos que guardamos en los bolsillos, aprestándonos como cultores de la filosofía del nuevo siglo con diligencias y dificultades, denunciando el desmejoramiento en las condiciones de vida, seriamente alarmantes. Hay que afrontar por desgracia las incursiones de noveles desafíos, pero con la incapacidad operante, la mayoría no logra identificar los oscuros nubarrones que traen en su interior nervioso y movible las más escandalosas calamidades, depositaria de escalofriantes tragedias. La gasolina sube sin cesar, llevándose en su marcha macabra, todos los rubros de la canasta alimentaria familiar y los servicios básicos que complementariamente nos ofrecen las comodidades que exige la vida contemporánea. ¡Vamos envueltos haciendo cabriolas dentro del ojo de la tormenta! ¡Ay de aquel que no mire con recelo al monstruo acaparador de miserias; devorado será sin clemencia alguna, ni derecho a lamentos desesperados. Ciertamente no veo cambio alguno en las personas que alegremente continúan derrochando, jurando y fiestando los pocos caudales que bien se pueden invertir en las ingentes necesidades que confronta el débil hogar. Tengo como experiencia a mi edad que en la juventud se construye el añejo y empolvado edificio de la vejez y el que por descuido no haga esto, tendrá que pasarla extendiendo la mano en la esquina de la calle, maldiciendo el pasado, en espera de la voluntad ajena que mueva los cimientos de la conciencia que se apiade ofreciendo una dádiva, por favor. La juventud es efímera, como el relámpago y de su aprovechamiento dependerá la felicidad en la vejez, época de las turbulencias, agonías y menosprecios donde la mendicidad extiende con extraña rapidez sus menguamientos aborrecibles. Conozco a muchos que hicieron juventud conmigo que prefirieron el camino escueto de la distracción pasajera y hoy, son víctimas del atraco del tiempo que sin atender súplicas, ni ruegos, los tiene durmiendo sobre los retazos de una cajeta extendida. ¡Debemos pensar mejor!