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MENSAJE
Fallas humanas y nada más

Hermano Pablo
El hombre que cuidaba las barreras en un paso a nivel en Buenos Aires, Argentina, llevaba más de dieciséis horas trabajando en su puesto. Los dos guardabarreras que debían haber venido a reemplazarlo en su puesto habían fallado. No se habían presentado a trabajar. El hombre estaba cansado, agotado y molesto. No soportaba una hora más de trabajo en una tarea que de por sí es riesgosa y de suma responsabilidad. Entonces dejó sola por un breve momento su caseta y se fue a la estación vecina a pedir un relevo. En ese momento preciso un ómnibus lleno de pasajeros cruzaba las vías viendo levantadas las barreras. Y en ese momento preciso también, un veloz tren diesel llegaba al cruce. El choque fue terrible. La fuerza del impacto arrojó al ómnibus a varios metros de distancia. Dentro del ómnibus se dio un espectáculo de horror, una verdadera carnicería humana: catorce muertos y veintiún heridos, la mayoría de ellos de suma gravedad. Ante desgracias como ésta, la gente hace diversos comentarios: «Fue la fatalidad», dicen muchos. «Fue su destino», concluyen otros. «Hubo sabotaje», comentan los suspicaces. «La culpa la tuvo el diablo», expresan otros. «¿Por qué Dios no impidió esta tragedia?», preguntan los incrédulos. Sin embargo, la verdad es que detrás de cada desgracia que nos sobreviene a los seres humanos está la eterna falla humana. Somos imperfectos. Alguna falla fatal hay en nuestra mente, en nuestra voluntad, en nuestros sentidos, en nuestra sabiduría, que hace que en medio de la mayor tranquilidad y paz, sobrevenga de pronto el accidente o la desgracia. La culpa no la tiene Dios, ni el destino ni la fatalidad. La culpa es casi siempre nuestra. Sobre todo en el pecado moral, la culpa es casi siempre nuestra. Por eso no hay nada mejor que reconocer sensatamente nuestra falla y nuestra imperfección, y buscar en Cristo -sólo en Cristo- la salvación que necesitamos.
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