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El duelo criollo de Norio Mallo

Hermano Pablo
Don Norio Mello había nacido en el pueblito de Vichadero, República Oriental del Uruguay. Nació en un tiempo cuando no había automóviles, ni ferrocarriles ni aviones. Sólo tropas de carretas y arreos de ganado pasaban por esa pequeña aldea, allá por 1867. Don Norio creció en el campo, realizando todas las faenas del gaucho. Fue tropero, arriero, domador, esquilador y carnicero. Manejó el arado de bueyes y las trilladoras de mano. Haciendo esta vida, llegó hasta los 103 años de edad. Era tal vez el hombre más viejo del Uruguay. Pero por alguna cuestión de hombres, se trabó en «duelo criollo», duelo a cuchillo, con otro hombre de treinta y siete años de edad. Una ventaja de sesenta y seis años era demasiada, y Don Norio perdió la partida. El otro le dio una puñalada que terminó con su larga, opaca y humilde vida. ¿Por qué este anciano no tuvo un final mejor? ¿Por qué, con todos sus años y su experiencia acumulada, tuvo que terminar sus días ensangrentado en una pelea? Quizás él, como buen gaucho, deseó siempre morir con las botas puestas y el cuchillo en la mano, morir de pie, y peleando, como mueren los tigres. Pero de todos modos, es una triste muerte para cualquier ser humano. La verdad es que todo ser humano normal, ya que tiene que morir, desea morir en paz y tranquilo. Porque nadie desea morir, de ninguna manera. ¿Qué hombre no ansía hallar el elíxir de la inmortalidad? ¿Quién es el que no sueña, como Ponce de León, con hallar la fuente de la juventud que aleje la muerte y le permita ser joven eternamente? Pero esos son sueños imposibles. La verdad es que la muerte es el final inevitable de toda vida. Muerte violenta o muerte plácida, muerte súbita o muerte esperada, muerte con dolor o muerte sin dolor, de todos modos la muerte está ahí, esperándonos con tranquilidad fatal a la vuelta de cualquiera de nuestros minutos. Porque todos hemos de morir: los ricos y los pobres, los sanos y los enfermos, los pacíficos y los violentos, los buenos y los malos. «La paga del pecado es la muerte», como dice la Biblia, y todos somos pecadores. Pero si la paga del pecado es la muerte, «la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor (Romanos 6:23). Quien se entrega a Cristo de corazón, recibe el don de la vida eterna. Y aunque tenga que cerrar un día sus ojos a este mundo, los abrirá en un instante más, en la eternidad.
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