Cuando leemos sobre las peripecias que están sufriendo 42 panameños indocumentados en Estados Unidos que fueron capturados en una redada en Mississipi, no podemos más que preguntarnos: ¿Este país en franco "crecimiento" económico, y con todas las bondades y avances descritos por el Presidente Martín Torrijos en su último informe a la nación, es también un país en el que sus ciudadanos sienten que tienen que salir huyendo de incógnito a una nación extranjera para poder buscar un futuro digno?
Cuando se habla del drama de los indocumentados en Estados Unidos, se piensa inmediatamente en mexicanos y centroamericanos humildes que cruzan la peligrosa y ultravigilada frontera del Río Grande, guiados por inescrupulosos coyotes que les cobran grandes sumas de dinero, y sin ninguna garantía de lograr el sueño americano.
Pero ahora parece que a Panamá también hay que sumarla a esa infame lista de naciones cuyos niveles de desigualdad y marginación empujan a la gente a dejarlo todo atrás por necesidad.
¿Acaso en Panamá se acabaron las oportunidades para el ciudadano común? ¿A quiénes pertenece ese tan cacareado crecimiento económico? ¿Cuántos se están quedando marginados, y hasta qué extremos está llegando esa marginación?
La última gran migración de panameños al extranjero se produjo durante los tiempos de la dictadura militar. En esos tiempos, las razones para huir eran políticas, y de autopreservación.
Esos 42 panameños que se aventuraron a Estados Unidos, obviamente no estaban en las condiciones para haber migrado por las vías legales. Pero de todas maneras sintieron que no tenían otra alternativa. Habrá que preguntarse cuántos más sienten que en Panamá sencillamente ya no vale la pena vivir.