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MENSAJE
Un verdadero
ganador

Carlos Rey
Crítica en Línea
Los niños
se estaban divirtiendo jugando fútbol. No tenían
más de seis años de edad, pero el juego era en
serio, con uniformes, padres, árbitro y jueces de línea.
Los dos equipos estaban parejos.
En el primer tiempo ninguno de los niños marcó
gol. Eran torpes en el movimiento del balón. Se caían
sin ningún contacto con el contrario, pateaban al aire
y tropezaban al encontrarse con la pelota. Pero no les importaba
porque era divertido.
En el segundo tiempo el director técnico del equipo
azul, a fin de que pudieran jugar los que estaban calentando
la banca, sacó a todos los titulares menos uno, el mejor,
a quien dejó en la portería. En cambio, al director
técnico del equipo rojo sólo le importaba ganar,
así que dejó que siguieran jugando sus titulares
a expensas de los suplentes contrarios.
El equipo rojo marcó un gol y luego otro a pesar de
los valientes esfuerzos del portero azul. Lanzándose con
abandono, logró tapar dos tiros más que iban para
gol. Ya desesperado, comenzó a gritarles a sus compañeros
y a correr locamente procurando anticipar cada jugada. Pero en
una de esas salidas lo burlaron y le metieron el tercer gol.
Desde la línea de banda su padre le había estado
gritando palabras de aliento. Pero después del tercer
gol, el pobre niño se convenció de que era inútil.
Así que su padre, que estaba sufriendo junto con él,
procuró calmarlo gritándole que no se preocupara
porque no importaba, pero que no se diera por vencido.
Después del cuarto gol, el pequeño guerrero
no pudo contener las lágrimas. Su padre, al verlo caer
de rodillas sobre el campo, tampoco pudo contenerse. Sin importarle
que todos estuvieran mirando, interrumpió el partido y
corrió hasta donde estaba su hijo. Tomó al niño
en los brazos, lo abrazó y lo besó... y lloró
con él. Luego lo sacó fuera del terreno, y le dijo:
No te imaginas lo orgulloso que estoy de ti. ¡Jugaste
como nunca! ¡Quiero que todo el mundo sepa que eres mi
hijo!
¡No pude, papá! -dijo entre sollozos el niño-.
¡Traté de tapar los goles, pero no pude!
Hijo, no importa cuántos goles te metan. Tú
sigues siendo mi hijo. Ahora quiero que vuelvas al arco y termines
el partido. Te van a meter más goles, pero no importa.
¡Vamos!
Armado de valor, el pequeño reingresó en el
terreno y le metieron otros dos goles, pero estaba bien. Ya no
lo sentía tanto como antes.
A cada uno de nosotros nos meten goles todos los días.
Hacemos esfuerzos inútiles por impedirlo. Nos lanzamos
con abandono, corremos locamente de aquí para allá,
y hasta procuramos anticipar las jugadas. Con todo, el enemigo
mete otro gol, y comienzan a correr las lágrimas. Caemos
de rodillas, impotentes. Pero nuestro Padre celestial interrumpe
el partido, corre a nuestro encuentro y, sin importarle que todos
estén mirando, nos toma en sus brazos, nos abraza y nos
besa, y nos dice: «No te imaginas lo orgulloso que estoy
de ti. ¡Jugaste como nunca! ¡Quiero que todo el mundo
sepa que eres mi hijo!»
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