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Sábado 19 de agosto de 2000



Un mundo de engaños

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Hermano Pablo
Colaborador

El anciano tomó el billete de lotería en sus manos y pagó lo acordado. Se consideró muy dichoso de haber hecho el negocio, y se felicitó a sí mismo por su audacia. Era un billete de la lotería del estado de Florida, Estados Unidos, premiado con medio millón de dólares. Dos individuos se lo habían vendido en siete mil dólares diciéndole que ellos no lo podían cobrar por ser ilegales.

Pero cuando Ceferino Cruz, de ochenta y un años de edad, se dirigió a cobrarlo, descubrió que era un billete falso. El anciano había sido engañado, y perdió todos sus ahorros. Con la moral destrozada, Ceferino se arrojó en su auto a un canal de agua, y murió ahogado.

Los llamados «cuentos del tío» abundan en nuestro mundo. Está el del billete premiado. Está el de la herencia del tío rico. Está el del reloj Rolex de oro, y hay miles de cuentos más. Estos ladrones malvados son grandes psicólogos que saben elegir a sus víctimas. Saben apelar a su codicia. La policía de todo el mundo tienen registrados millones de casos como estos.

¿Por qué cae la gente en tales engaños? Por lo que se resume en una sola palabra: «avaricia». La avaricia es el paso que le sigue a la codicia. De todos los males del hombre, tal vez el peor mal es la avaricia. La avaricia impele al hombre a ser malvado, deshonesto, inmoral y criminal.

A nadie se le ocurriría poner la codicia a la par del homicidio, pero Dios sí lo hace. La declaración más fuerte que tenemos del carácter moral de Dios se encuentra en el decálogo. Estos son los Diez Mandamientos que Dios mismo le dio a Moisés.

El mandamiento número seis dice: «No matarás.» El mandamiento número diez dice: «No codiciarás.» La verdad es que estos mismos Diez Mandamientos también dicen: «No tomarás el nombre de tu Dios en vano», «Honra a tu padre y a tu madre» y: «No cometerás adulterio.» De modo que en este importantísimo documento divino, que revela el carácter de Dios, tenemos los extremos desde «No matarás» hasta «No codiciarás».

Si la codicia nos es un problema, mientras no la controlemos sufriremos toda nuestra vida con decisiones torcidas. Pidámosle al Señor Jesucristo que se haga dueño de nuestra vida. Que nuestras motivaciones no obedezcan los impulsos de un corazón codicioso sino de un alma llena de la gracia de Dios. Si estamos llenos del amor de Dios, tendremos éxito en esta vida. Cristo quiere ser nuestro Señor.

 

 

 

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