Lunes 17 de agosto de 1998

 








 

 


MENSAJE
Cuando el techo se nos cae encima

Hermano Pablo
Costa Mesa, California

E
l grupo de niños jugaba muy alegre. David Bertolotto, de 17 años de edad e instructor de natación, estaba dando su clase a los 14 niños, entre 4 y 6 años de edad. Era una piscina interior de una Asociación de Jóvenes en Roxbury, Massachussets.

En lo mejor de la clase, un crujido siniestro los hizo mirar hacia arriba. El techo de cemento, a 15 metros de altura, comenzaba a desplomarse. David elevó una oración rapidísima: "×Señor, ayúdanos!", y frenéticamente comenzó a sacar niños de la piscina y del edificio. Cuando hubo retirado al último, el techo cayó del todo. Un trozo de cemento le pegó a David en el costado del cráneo. No lo mató, pero le desgarró parte del cuero cabelludo.

"Cuando se hunde el piso, o cuando se cae el techo -dijo David en el hospital-, lo mejor es clamar inmediatamente a Dios".

Gran razón tenía este joven. Había obtenido empleo temporal como instructor de natación de niños pequeños en esta institución. En la primera sesión ocurrió lo inesperado. Y en ese momento terrible, su fe en Dios le hizo, primero, clamar a Dios en forma instantánea, y después disponerse animosamente al trabajo del rescate. Salvó la vida de todos los niños.

Qué podemos hacer cuando el techo se nos viene encima? No me refiero al techo de un edificio. Me refiero al techo de nuestra vida: nuestra situación económica, nuestra condición familiar, nuestra salud, nuestras emociones. Cuando todo parece desplomarse y caer sobre nosotros, qué podemos hacer?

Algunos salen corriendo desesperadamente, tratando de huir de la situación. Otros se sumergen en un lago de alcohol, tratando de no pensar. Otros se dan a los estupefacientes para insensibilizarse. Otros se encierran en su problema y no ven a nadie. Es esta la solución? No, eso no soluciona el problema. Al contrario, lo empeora.

La solución es hacer lo que hizo David Bertolotto. Clamar a Cristo, fuente viva de toda ayuda, todo socorro y toda solución. Es fácil acudir a Cristo en cualquier emergencia de la vida cuando Cristo es nuestro amigo de todos los días, es decir, cuando vivimos acostumbrados a la oración. Cómo logramos eso? Entregándole nuestra voluntad, nuestro afecto y nuestra confianza a Cristo. Eso es todo. El nos está esperando.

 

 

 

 

 

CULTURA
Iván Anria.

 

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