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"La pobreza no es una causa sino un efecto", es una de las grandes verdades que se pueden escuchar en estos tiempos, cuando todo indica que existen las condiciones para que el ser humano pueda vivir con decoro y dignidad.
Podríamos interpretar esta frase indicando que el ser humano es poco lo que ha evolucionado al olvidarse de la solidaridad y de pensar en él como único actor de su realidad.
Los gobiernos predican que su única razón es el pueblo, los políticos también coinciden, pero la realidad es que el egoísmo es su gran verdad, al olvidar en su accionar las necesidades de los más pobres.
Otros con sus grandes fortunas en propiedades y dineros en bancos no tienen el interés en compartir o ayudar en diferentes formas para aliviar la carga pesada de necesidades que aquejan a las grandes mayorías de los pueblos, que son los que les generan la riqueza.
La distancia entre ricos y pobres es cada vez más grande, en la medida que hay menos con más riqueza aumentan los más que no tienen nada, sin que haya un orden mundial, que sea capaz de frenar la profunda zanja social.
Para colmo de males, aparece el neoliberalismo que dice que todo hay que entregarlo a los pocos que son los poderosos, olvidándose que a lo mejor, el terrorismo surge de las entrañas de esa concepción pragmática de que lo que importa es la rentabilidad y no el ser humano.
De esta forma, los países pobres entregan sus riquezas, base de su desarrollo económico y social, a los que acaparan todo para enriquecerlos en contra de la pobreza de las naciones del tercero y cuarto mundo. |