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De todos los refrescos típicos, el raspado es el único cuyo precio no ha aumentado en los últimos años. Fabricado manualmente a base de hielo, sirope y leche condensada, y transportado en carretilla, este pintoresco refresco mantiene su precio de veinticinco centavos, por lo que sigue siendo preferido por niños y adultos.
No hay evento deportivo al aire libre, reunión política, escuela primaria o cualquier otra concentración de personas bajo el sol, donde no se vea a un vendedor de raspado empujando su clásica carretilla y ofreciéndole a la multitud calmarle la sed por sólo un cuara.
A este negocio no le ha afectado la rebaja de aranceles, la caída de los mercados internacionales, la apertura de fronteras económicas, ni las crisis cíclicas que tanto hacen tambalear los precios en el mundo globalizado.
Tampoco ha sufrido los embates demoledores de la competencia cerrada que enfrenta a las grandes transnacionales de gaseosas y líquidos.
La publicidad, que no ha dejado rincón por explorar en los tiempos modernos, tampoco tiene entre sus clientes a los vendedores de raspado. Para promover el producto no se requiere de espacios televisivos, anuncios en los periódicos o cuñas radiales, sólo basta con una pequeña trompeta o una campana. |