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Muchas violaciones carnales se dan como consecuencia lógica de las indiferencias de muchos adultos, quienes se quedan de brazos cruzados ante los síntomas, y no los denuncian a las autoridades.
Nuestras comunidades, heridas por el virus del individualismo y la cultura hiperpersonalista que nos agobia, se quedan calladas y son incapaces de abrir la boca, y mucho menos intervenir cuando un adulto cualquiera está abusando de un menor.
Esta situación siempre lleva al segundo escalón, que es el abuso sexual. Entonces es a la víctima a la que le toca callar, y lo hace vergüenza o miedo, o porque piensa que nadie le va a creer. En mucho caso sí denuncian a los agresores, que a veces resulta ser su propio padre o padrastro, y reciben la indiferencia y hasta el castigo de su madre.
Vemos entonces que los adultos seguimos siendo responsables. No sólo el que comete el acto material y violento contra el menor, sino el resto de los humanos que nos quedamos mirando y no movemos un dedo para evitar abyección.
Tal vez cuando se trate de nuestros propios hijos haremos algo. O tal vez no sea así, y sigamos guardando silencio cómplice, mientras otros adultos les hacen daño físico y psicológico.
Esta afrenta contra los jovencitos tendrá muy pronto consecuencias: se convertirá en un problema cuando estos muchachos sean adultos y repitan lo que les hicieron a ellos o, pero aún, se encarguen de destruir violentamente al vida de otros como venganza generalizada por lo que les ocurrió. |