En Panamá celebramos el día del Padre, de la Madre y del Niño. Tenemos un Ministerio de Desarrollo Social, que antes se llamaba "de la mujer, la niñez, la vejez, la familia, el perro, etc...".
No obstante, parece que ni la familia ni ninguno de sus integrantes significan tanto para nosotros. Según cifras de la Contraloría General de la República, en Panamá se tramitan 7 divorcios cada 24 horas.
En cuanto a la violencia dentro de la familia, no parece ser nada fuera de lo común.
En Panamá los juzgados de Niñez y Adolescencia tramitaron en el año 2006, 5 mil 638 casos relacionados con algún tipo de maltrato, de los cuales 3 mil 88 corresponden a casos de niñas y 2 mil 485 a casos de niños.
En tanto que en el año 2007 se atendieron 5 mil 515 casos, de estos 3 mil 98 corresponden a casos de niñas y 2 mil 357 casos de niños, de los cuales 4 mil 508 provienen de familias disfuncionales.
¿Qué nos está pasando? Sencillo, vivimos en los tiempos del yo, yo, yo.
El interés individual priva sobre cualquiera que involucre a terceras personas, aunque se trate de nuestra propia sangre, o la madre de nuestros hijos.
La prueba del yo, yo, yo no solo está en nuestras casas. Está en todas esas oficinas del gobierno en el que funcionarios de todas las jerarquías no tenían reparos en sobornar, extorsionar y violar cuanta ley se hubiese escrito para lucrar. Los ladrones en el gobierno han existido siempre, pero la extensión con la que se mordían las arcas del estado ha sido pasmosa en el último decenio.
O sea que para muchos en este país, cualquier decisión que implique ceder en un interés individual ante el derecho de la colectividad o de nuestros semejantes, es digna de risa.
Si un colega, un gremio, un investigador, un subalterno, un familiar, un hijo o un padre se interponen en nuestros objetivos de beneficio personal, muchos no dudan en hacerlos a un lado, o avasallarlos.
Por ese camino no pasará mucho tiempo antes de que nos encontremos con el precipicio. Cualquier sociedad en el que los valores familiares y el amor por los semejantes pierde terreno ante los apetitos, se encamina hacia el fracaso total; y ultimadamente, la autodestrucción.
En Panamá no falta mucho trecho para llegar a ese precipicio. Sin embargo, para evitar caer, la decisión de rectificar y darle valor a lo que se lo merece, depende de una determinación individual. Actuando cada uno individualmente correctamente, podemos salvar a nuestra familia y a la colectividad.