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Ocurrió en La Coruña, España, y causó conmoción en el vecindario. El dueño del bar salió a la vereda y colocó un cartel en la puerta del negocio. Era una leyenda que suele ponerse en ocasiones como esta. ¿Cerrado por defunción?, decía el letrero. Los vecinos y parroquianos que vieron el cartel se preguntaban: ¿Quién se habrá muerto??
La verdad es que nadie se había muerto; cuando menos nadie todavía. Pero el hombre cerró la puerta, se dirigió al mostrador y tomó un revólver. Con el arma mató a su hijita de cinco años de edad, y acto seguido se mató él mismo. Sobre el mostrador había dejado una lacónica nota: ?La vida no tiene sentido.?
Detrás de cada suicidio hay una tragedia. Quizá la de este hombre joven, de apenas treinta y dos años de edad, consistía en la pérdida de su esposa por abandono o por fallecimiento. Quizá se debió a la ruina de su negocio. Tal vez él era víctima del alcohol que desmedidamente consumía. Posiblemente sufría de una enfermedad incurable, u ocultaba un delito grave o un amor prohibido que lo tenía obsesionado. ?Quién sabe qué tragedia habrá consumido la vida de ese hombre!
Hay un proverbio indio que dice: ?Cada vez que un hombre da un paso, pisa cien caminos.? Siguiendo ese mismo precepto podríamos decir que detrás de cada suicidio existen cien tragedias. ?Quién sabe cuantas cosas impulsan a un hombre, como el de La Coruña, a un acto tan terminante como el suicidio?
Lo cierto es que a pesar de las muchas caras que el suicidio pueda tener, la causa es siempre una sola: falta de fe. Cuando no se tiene fe en el semejante, o en la vida, o en uno mismo o en Dios, todo es desesperación. Antes de ocurrir el suicidio, el sentido verdadero de la vida ya se ha muerto.
Sin embargo, es posible creer en Dios. Es posible creer en Cristo. Es posible tener esperanza. Es posible hallarle sentido a la vida. Basta con abrir el corazón para darle entrada al Señor Jesucristo. Basta clamar, con toda el alma: ??Señor Jesús, ven a mi corazón!?, y Él nos encontrará dondequiera que estemos.
Cristo quiere librarnos de las tragedias de nuestra vida. Él quiere vernos sanos y salvos. Él quiere vernos vivos y libres. No tomemos un paso más, sobre todo el de ponerle fin a nuestra vida, sin probar primero el amor de Cristo. Antes que ceder a la muerte prematura, consultemos al autor de la vida. Dios nos ama. Él quiere ser nuestro Salvador. |