Frescos en mi memoria están los recuerdos de las escuelas a las cuales asistí.
Cada una de ellas me brindó una enseñanza nueva, que han servido positivamente a mi espíritu como a mi voluntad para ser una persona útil a mi familia y a otros.
Los tiempos cambian y vemos cómo integran novedosas tecnologías que ayudan a los maestros (docentes, educadores) a superar algunas deficiencias a nivel de enseñanza.
Se cuenta con la Internet para adquirir material educativo en forma rápida y específica. Los tableros usan marcadores de agua que se borran igual como se borra la tiza, entre las innovaciones.
Pero (apareció la quita pata del gato), entre avances y descubrimientos técnicos que mejoran la instrucción académica, se olvida la verdadera educación para impartir a los estudiantes: los valores, el respeto y orgullo por sus maestros, instituciones y hacia ellos mismos.
A cambio miramos con angustia y asombro el vandalismo en las escuelas, la desfachatez con que actúan muchos jóvenes, el pandillerismo que afecta los centros educativos, padres y docentes que riñen frente a los alumnos. Profesores que no les importa ser atrevidos o acusados por llevarse dinero ajeno o digan que es normal que los chicos lleven cuchillos y otras expresiones. La lista es larga.
El significado de escuela es ajeno a la realidad de hoy. El taller (laboratorio) donde imparten principios, métodos, maneras, estilos, pensamientos e ideologías parece desvirtuarse poco a poco ante la violencia y malsano que atenta contra la sociedad.
Refrescante fue compartir hace poco en Chiriquí, con estudiantes de la Medalla Milagrosa (76 años) y el Centro Elisabetino (44 años) jornadas de trabajo y entusiasmo en la celebración de sus aniversarios.
Señalan ex alumnos y padres de familia: "ayudamos en la difícil labor de educar, porque hasta el momento es la mejor contribución con nuestros hijos".
Ojalá que en las escuelas panameñas, esa buena intención para educar y educarse sea el mejor propósito de todos.