El problema de muchos jóvenes hoy en día es la baja autoestima. No se consideran dignos ni de respeto ni de estímulo ni de amor. Tal vez por eso caen con tanta facilidad en las drogas, se prestan para cualquier actividad que les denigre su condición de persona libre, y se someten a juegos o situaciones inadecuadas.
Desde que es pequeño, al hijo hay que inculcarle su condición de ser humano, digno de un espacio y un tiempo en esta vida, y heredero de la riqueza de la Tierra. Algunos le llaman a eso ser “Hijos de Dios”.
Para conquistar esa meta de que los chicos se consideren personas importantes para alguien, principalmente en su familia, hay que demostrarles cariño, acompañarles en las tareas escolares, exaltar sus dones naturales, por más sencillos que sean, repetirles una y otra vez que son alguien, y que merecen lo mejor.
No confundamos esto con el extremo de crearles un complejo de superioridad, basado en mentiras y espejismos. Se trata de inculcarles una gran verdad: por el simple hecho de ser personas, están llamados a lo mejor de este mundo.
Debemos encaminarnos por ese camino de aumentar la autoestima de los muchachos, porque se nos están perdiendo.