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Dos rubros de la economía se enfrentan por primera vez en Panamá, con el único y serio agravante que está en peligro un elemento del paisaje marino básico para el turismo; porque sin arena no hay playa, y sin playa no hay turismo de mar.
Esta vez no se trata de llenar camiones a punta de pala en la franja costera visible, sino de extraer del fondo marino voluminosas cantidades de arena depositadas por la naturaleza después de muchos siglos, y cuya reposición es imposible.
A propósito ¿por qué en semejante alboroto no se ha escuchado la opinión científica y autorizada de los geólogos nacionales? ¿Por qué no se le dice a la comunidad cuánto pagarán los desesperados "concesionarios" por yarda cúbica de arena, versus la rentabilidad en concepto de empleos directos e indirectos que generan los consorcios hoteleros establecidos y por instalarse en nuestro país?
Históricamente la extracción de minerales en cualquiera de sus modalidades ha sido sinónimo de depredación, contaminación ambiental y pobreza, de modo que al gobierno le corresponde asumir una actitud sabia frente a este enconado dilema. |