|
Es difícil que alguien que ha crecido normalmente entre máscaras, de un día para otro se convierta en una persona abierta, quien no teme ser lo que es, decir lo que piensa, y expresarse sin hipocresías.
Lo normal es que finjamos. Si nos reímos, no lo hacemos de corazón, sino para ocultar nuestros pensamientos. Preferimos la mentira y el disimulo a la verdad y la sinceridad.
Peor cuando se nos preguntan asuntos íntimos. Ahí nos cerramos como ostras. No permitimos que nadie vea hacia adentro. Si fuera por mera fórmula para protegernos tendría sentido, pero no es así; lo hacemos por costumbre, porque nos estamos acostumbrados a ser reales, a dar nuestra verdadera cara a la gente; somos siempre una máscara, otra cosa distinta a nosotros mismos.
¿Será porque no nos gusta lo que somos? ¿Será por miedo? ¿Será por manía? Todo esto resulta extraño en una sociedad como la panameña, tan espontánea y jovial, donde se supone que no hay medias tintas.
Tal vez la explicación esté una vez más en la sociedad de consumo, que impone modelos de vida muy alejados de la realidad, y nosotros imitamos por inercia. Preferimos ser como esos modelos de la televisión, que nosotros mismos, con esta aburrida vida normal que nos ha dado Dios. |