No sé si usted habrá notado cuando pasa cerca del local de una secta "Cristiana", lo fácil que es reconocer el carro del "pastor". Si le da la tentación por entrar, y lo hace; enseguida y sin que nadie se lo diga, sabrá quién es el "pastor", la mujer del "pastor", los hijos del "pastor" y hasta quiénes son los favoritos del "pastor". Si esta aureola distintiva, la hubiese tenido visible el verdadero pastor, que cumple reinando 2009 años, Judas no hubiese tenido que besarle la mejilla ni acercarse siquiera para que sus captores lo hubiesen distinguido a pesar de las penumbras de las cercanías del gólgota.
Fíjense que a Pedro por vestir con tanta llaneza le tuvieron que preguntar tres veces su amor por Dios, y hasta tuvo que desgañitarse el soñoliento gallo de la pasión, para recordarle las palabras de su maestro. Lo mismo sucedió con los convertidos al cristianismo de esos tiempos, que por vivir sin complicaciones, sus captores tuvieron que dudar mucho para atraparlos, golpearlos y enviarlos a las mazmorras. Hoy con el menor esfuerzo se sabe quién es pastor de una iglesia y quiénes sus áulicos asistentes. Existen vendedores de artículos de marca tan hábiles que a tres cuadras y solo por la calidad del perfume que utilizan determinados "pastores" los sorprenden junto a su lujoso séquito supuestamente predicando la palabra de Dios.
La humildad homogénea con que educó Jesucristo a pescadores, recolectores de impuestos, y trabajadores comunes para servir a la palabra de Dios es un mensaje que parece olvidado como muchas cosas en estos tiempos aciagos. Nos imaginamos los vestidos, los calzados sencillos, las voces sin estridencias y los desplazamientos distintos a los pavoneos de hoy que hacían ver al Señor Jesús idéntico, igualito a sus doce discípulos. Hasta donde me han contado, el pan era repartido en partes iguales y el Señor era el último que probaba bocado. ¿Qué les parece cholitos?