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El tema de hoy, aunque sencillo, no deja de ser relevante. Muchos padres de familia les hemos abierto la puerta de la casa y de la vida a nuestros hijos, pensando que al darles confianza estamos haciendo algo bueno. Les permitimos noviazgos a tempranas edades y, pero aún, accedemos a que lleguen de la calle a horas más tempranas todavía.
No queremos traer de los pelos un sermón cualquiera, ni decir que se debe estructurar un estilo de vida estricto y feroz contra los muchachos. Nada parecido. Tampoco diremos aquí que "todo tiempo pasado fue mejor", y que antes a los hijos se les trataba con mayor severidad y los resultados eran más saludables.
Lo que intentamos decir es que no está nada bien que nuestros hijos e hijas se le permitan todo tipo de amistades, de relaciones, de libertades (como esa de llegar a casa muy de madrugada -apenas con 16 años o menos-), y de comportamientos.
No es que debamos meternos hasta en su manera de vestir -que a veces ayudará a evitarles problemas y situaciones dolorosas en su vida futura- sino que debemos ganarnos su confianza, para que cuando escuchen un consejo nuestro, cuando estemos obligados a imponer un punto de vista, lo acepten como el de alguien que los quiere y sabe lo que dice. Pero si nuestra relación con los hijos es de distanciamiento, fría y autoritaria porque sí, no queda otra salida que la del grito, los golpes y el enfrentamiento a la hora de poner en juego la disciplina.
El otro extremo es la permisividad, cuando dejamos todas las puertas abiertas, con la vieja excusa de que es mejor que lo que vaya a hacer lo haga frente a nuestros ojos. ¡Ridículo! Hay un tiempo para todo, y las etapas de la vida hay que vivirlas a plenitud, no antes. Los padres están ahí para afinar bien el instrumento que son los hijos, para lanzarlos a la vida después de haberlos moldeado... no antes. |