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Por: Hermano Pablo

Reverendo | Los jóvenes entraron en el consultorio del psicólogo. Parecía una pareja ideal, sin problemas ni conflictos visibles. Tenían menos de veintiocho años, dos hijos y estabilidad económica.

"Tenemos grandes problemas, doctor -dijeron-. Queremos conversar con usted antes de ir a ver a un abogado, y antes de recurrir al divorcio."

El psicólogo habló largamente con cada uno de ellos y los convenció de que no estaban, al menos todavía, en peligro de naufragio. Pero debían estar atentos a siete señales de peligro si querían salvar el matrimonio. Afortunadamente, estaban dispuestos a resolver sus discrepancias.

Es un caso de la vida real que nos lleva a analizar las siete señales de peligro que el psicólogo les presentó. Un matrimonio es como un barco que se debe reparar continuamente si se quiere mantenerlo a flote.

La primera señal de peligro es escuchar con regularidad las palabras: "Es deprimente pensar que vamos a pasar toda la vida juntos."

La segunda es quizá semejante a la primera: "Ya no tenemos intereses comunes."

La tercera es cuando cada uno señala constantemente lo peor del otro.

La cuarta es cuando ambos dicen: "Nuestros proyectos e ideales van por caminos distintos."

La quinta es más personal. Ocurre cuando, cada vez que un cónyuge desea disfrutar de la relación sexual, ya el otro está dormido.

La sexta es cuando se escuchan palabras como estas: "No me interesa gastar dinero sólo para lo que a ti te gusta."

Y la séptima: "Nuestra vida sexual es aburrida."

Todas esas son señales a las que cada matrimonio debe estar atento. Hay una octava que es, por cierto, la más importante de todas: No tener la misma fe religiosa. O peor aún, no tener ningún interés en las cosas espirituales."

El matrimonio fue creado por Dios. Si como individuos no andamos bien con Dios, no puede andar bien el matrimonio.



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