En las Naciones Unidas el 22 de marzo es el Día Mundial del Agua. No esperamos que la gente interrumpa sus quehaceres y guarde un minuto de silencio, aunque quizás deberían hacerlo. Cada 20 segundos muere un niño como consecuencia de enfermedades relacionadas con la falta de agua potable. Eso arroja la escandalosa cifra de 1, 5 millones de jóvenes vidas truncadas cada año.
El agua es esencial para la supervivencia. A diferencia del petróleo, no hay sustitutos. Pero el crecimiento demográfico exacerbará el problema, al igual que el cambio climático. Cuanto más crece la economía mundial, más sed de agua tiene.
Ante la celebración de los Juegos Olímpicos, China está desviando centenares de millones de metros cúbicos de agua a una ciudad como Beijing, propensa a la sequía, pero se prevé que la escasez continuará durante años. En América del Norte, el enorme caudal del río Colorado rara vez llega al mar. La falta de agua afecta a una tercera parte de los Estados Unidos y a una quinta parte de España.
Me he pasado el último año pregonando la importancia del cambio climático. Hemos visto los resultados en la "hoja de ruta de Bali" que traza el camino que deben seguir las negociaciones sobre un tratado jurídicamente vinculante para limitar las emisiones de gases de efecto invernadero tomando el relevo del Protocolo de Kyoto cuando éste expire en 2012. Este año intentaré concienciar a la opinión pública acerca de los objetivos de desarrollo del Milenio.
Uno de esos objetivos es reducir a la mitad para 2015 el número de personas que no tienen acceso al agua en condiciones de seguridad. Se trata de un objetivo crucial. Cuando se examinan los problemas de salud y desarrollo que debe afrontar la población mundial más pobre —enfermedades como la malaria o la tuberculosis, aumento de los precios de los alimentos, degradación del medio ambiente— el agua resulta ser a menudo el común denominador.