Sábado 15 de marzo de 2003

 

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  OPINION

EDITORIAL
Pánico y justicia

La mente humana es como el fondo del mar. Difícil de conocer. Es también como una caja pequeña que no se le logra ver fondo. Así es el hombre, siempre sin definir su yo interior, un estado de ánimo que sólo sale a relucir en condiciones extremas y, es por eso, que es difícil de predecir cómo reacciona el ser humano ante "X" situación.

La escalada ola de secuestros e intentos de rapto de menores ha provocado que la población panameña viva escondida en el miedo. Existe un temor generalizado que nadie quiere dejar a sus hijos solos en casa, pues el amor de padres e hijos se exalta como instinto natural de protección a tal grado que son capaces de hacer lo que sea para protegerlos.

El hombre es capaz de lo que sea para cuidar a sus niños de secuestradores, de gente que trafica con la vida de infantes para hacerse de dinero a costa de sus pequeños órganos. No obstante, cuando se está frente a una muchedumbre enardecida, sus habilidades individuales desaparecen para convertirse en un elemento de colectivo.

En varios países, y Panamá no escapa de ello, se han registrado casos en que la ciudadanía actúa para tomarse la justicia por sus propias manos, a través de lo que se denomina como linchamiento, que en el fondo es la forma "irregular y vengativa de justicia administrada por el populacho. Este término de linchamiento, que debe su nombre al capitán Charles Lynch (1742-1820), quien en ese período organizó una banda que apresaba y ejecutaba a delincuentes, reales o presuntos.

En Panamá, sin importar de significados e historia del término, se ha practicado de igual manera. Hay varios casos. El último de ellos casi ocurre ayer en el distrito de Arraiján cuando una población enardecida casi lincha ayer a una joven investigada por el rapto de una niña.

A pesar de que estamos frente al rapto de una niña, hecho que nos conmueve a todos, no es aconsejable que la población intente tomarse la justicia por sus propias manos. Siempre existe la presunción de inocencia y aún al responsable del peor delito merece que se le brinde un debido proceso.

Al mismo tiempo, lo sucedido ayer en Arraiján es un mensaje de la ciudadanía para que las autoridades actúen de manera eficiente y resuelvan los casos con prontitud. Las autoridades deben entender que los padres de familia tienen pánico, lo cual se debe a la inseguridad que impera en nuestras calles. Es un deber de la Policía Nacional, la PTJ, Fiscales y Jueces actuar, para devolverle la tranquilidad a los panameños.

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