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Hoy cuando se habla en demasía de la corrupción en sus amplias facetas, es bueno recordar que hay diferentes tipos de esta calamidad que agobia a la humanidad, poco detectable cuando es de menor proporción. Las grandes todos las conocemos, porque son noticias de cada amanecer que nadie ya las tolera. Los actos menores, pueden ser corregidos fácilmente si queremos ser mejores funcionarios públicos. Veamos algunas:
La costumbre injusta en el uso de los vehículos del Estado, en cuestiones
personales, lastimando el orgullo de los pobres conductores, es también un acto de corrupción, que
debería ser pesado.
Los "jefecitos" que a diestra y siniestra piensan que por ser jefes, son dueños de
los bienes del Estado, cometen un exceso imperdonable, que debe ser denunciado. La condición de Jefes,
Directores, Gerentes o como se llamen, no es un derecho para atentar contra los presupuestos y bienes del Estado e
intimidar a los subalternos.
Los que perciben altos salarios y no laboran, también ingresan por derecho propio a
la corrupción generalizada. A este grupo hay que añadir a los que a sabiendas que están mal
encajonados, actúan sin calidad, sin estilo y elegancia. De estos abundan en todas partes, porque no tienen
mística, filosofía propia y mucho menos deseos de ayudar a los que los nombraron.
Los jefes y subalternos que andan de un lado para otro como mariposas, y sólo viven
esperando los 15 y los 30, así como los que le toman tiempo laboral al Estado, constituyen actos de
corrupción menor, que poco se sienten, pero que se siente como una plaga. No se quedan atrás los
que usan los instrumentos de trabajo, los útiles de oficina para el bienestar personal, ante la mirada
pasiva de los que deben hacer algo y prefieren pasar agachados, para ser considerados "buenotes" o
"padrísimos"
Cuando todos juntos superemos estas apreciaciones, entonces seremos mejores funcionarios y
nuestro querido país, será más eficiente y menos burocrático en sus cosas
públicas. Dejemos las corrupciones grandes a los grandotes de saco y corbata, que ellos se entienden y se
deterioran cada vez más. Los funcionarios públicos deben evitar caer en estos actos, que no son tan
malos si los comparamos con los que salen a flote a diario.
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