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A la sombra de los majestuosos Andes, la vida parece normal. Unos agricultores se dedican a la siembra, pero de repente, la tranquilidad se acaba: un ensordecedor ruido estremece el aire. Los pobladores descubren que una joven pisó una mina antipersonal, dejándola lisiada, pues perdió la pierna derecha. La cruenta guerra interna en el vecino país sudamericano ha dejado la secuela de campos sembrados no de alimentos para la vida, sino de explosivos para causar la muerte.
En otro continente, un inmenso desierto es tierra de nadie. Las antiguas caravanas, que por miles de años cruzaron hacia el Beluchistán pakistaní, ni siquiera se atreven a atravesar este lugar. Hacia el sur de la que fue capital del Talibán afgano, Kandahar, se extiende el campo minado más grande del mundo: el desierto de Rigestán. Cerca del 70% de los 10 millones de minas antipersonales, sembradas en el Afganistán, se encuentran en el desolado sector.
Las minas son armas mortales en espera de víctimas inocentes y no discriminan entre civiles o militares. Algunas son tan peligrosas que son imposibles de desactivar. La vida normal de una persona puede ser alterada cuando uno activa estos explosivos. Por desgracia, la mayoría de los lisiados son gente de los países pobres de nuestro mundo. Igual, gran parte son adolescentes. Según la Cruz Roja Internacional, se producen 2000 víctimas cada mes, en todo el mundo.
En la actualidad, varios organismos internacionales, algunas naciones y diversos grupos defensores de los derechos humanos, intentan convencer a las potencias armamentistas para que se proscriba la fabricación de las minas antipersonales. La realidad es que los hechos ocurridos recientemente en el mundo, han modificado la necesidad de eliminar semejantes dispositivos de guerra.
Justo una semana después de los atentados en Estados Unidos (EU) en septiembre de 2001, se celebró en Nicaragua la Tercera Conferencia de Estados Parte de la Convención de Ottawa, con un balance todavía negativo: a pesar de que la producción de minas antipersonales y la cantidad de víctimas causadas por ellas han descendido, sólo 119 países han ratificado la Convención: todavía más de 245 millones de estas pequeñas bombas están almacenadas en unos 100 países - los arsenales más grandes están en Rusia, China, India, Pakistán y EU - y 65 millones de ellas amenazan la vida de los ciudadanos en 56 naciones, entre ellas Angola, Colombia, Croacia y Afganistán.
A la cabeza de los programas mundiales para el desminado está América Latina, aunque Cuba y EU se niegan a firmar el tratado. En el continente, sólo Guyana, Haití y Surinam, no lo ratifican todavía.
Las minas antipersonales son armas perfectas para la defensa y aunque han evolucionado poco se benefician de los modernos equipos de lanzamiento y de los más avanzados sistemas satelitales de vigilancia. Se trata de pequeños artilugios que viven el sueño de los muertos durante décadas y que reaccionan cuando sienten el peso de un cuerpo: entonces despiertan violentamente y actúan para lo que fueron inventadas: matar o dejar a seres mutilados de por vida. |