Cuando hablamos del saludo, nos estamos refiriendo a la expresión más básica de los buenos modales y la cortesía.
En muy pocas ocasiones, llegar sin saludar es una maliciosa omisión voluntaria. Más bien se trata de que no le damos importancia al asunto de saludar, o sentimos que si entramos a un lugar y no conocemos a nadie, tampoco estamos obligados a decirles "buenas..."
Pero aunque parezca insignificante, la omisión del saludo puede traernos consecuencias desagradables. ¿Y por qué? Por los malos entendidos.
Si entramos sin saludar a nuestro nuevo trabajo, pueden pasar dos cosas: o pasamos desapercibidos (eso es malo), o caemos mal desde el primer día (eso es peor).
El saludo de entrada es nuestra carta de presentación en cualquier lugar al que lleguemos. Una sonrisa, una mirada directa al interlocutor, una entonación segura y un buen apretón de manos ayudan a crear una buena primera impresión.
Si no nos inmutamos en saludar, el resto de las personas en el recinto lo interpretan como que "este tipo
tipa es un mal educado/a que no le importa con los demás; por tanto, a mí tampoco me importará con él".
Y si hemos establecido una primera impresión negativa, nos tomará algo más que varios saludos para revertir esa imagen.
Es por eso que la primera impresión es tan importante, porque establece la tónica en que se van a conducir las relaciones humanas.
Muchas personas que no tienen nada de arrogantes, ni mala gente, son tildados precisamente con esas etiquetas por falta de buenos modales.
También, se crean una barrera invisible entre ellos y otras personas, que evita desarrollar buenas relaciones.
Así que ya saben, lo cortés no quita lo valiente.