En la historia de la humanidad siempre, como una constante, ha existido ese deseo de las riquezas, de acumular y de tener. Crímenes espantosos, intrigas y robos se han dado en la historia del hombre por acumular riquezas. Y el hombre por acumular dinero es capaz de cruzar mares y de realizar obras intrépidas.
Siempre se ha visto que, en cuanto a riqueza se refiere, el hombre ha luchado, se ha desesperado, y hasta ha muerto para conseguir riquezas. ¡Qué deseo más potente en el hombre! ¡Qué deseo más intenso el de querer tener y acumular muchísimo! Y ese deseo, llevado al extremo, ha hecho del hombre un ser vicioso del dinero, un ser idólatra de las riquezas.
Hoy vamos a referirnos a un oro precioso, a una plata finísima que usted puede acumular día y noche. Y esa plata finísima, ese oro maravilloso, del cual usted puede convertirse en un acumulador grande y capitalizador, es el oro del amor. ¿Dónde está el amor? ¿Dónde está, que muchas veces no lo encontramos?
Busquemos el amor y seamos ricos. ¡Cuántos hombres y mujeres de manera ilícita e inmoralmente consiguen dinero a manos llenas, por todas partes! Son ricos en la tierra, ¡pero qué miserables y pobres son en verdad ellos! ¿No será usted así? No le prohibimos jamás, ni lo hace el Evangelio que trabaje y que tenga dinero. El trabajo es fundamental y Pablo dice que aquel que no trabaja, que no coma. No nos referimos a eso. Nos referimos a lo que Jesús llama "el rico" en el Evangelio, a aquella persona que pone todo su corazón en el dinero y que cree que es feliz acumulándolo, solamente teniendo dinero.
Las personas que se entregan maravillosamente por ideales nobles son auténticos millonarios, riquísimos todos ellos, así como aquellos que aman a Dios, los que viven arrodillados ante Dios, entregados a Él, acumulando ese amor de Dios en sus almas, y que experimentan Su ternura y paternidad. Si usted se lo propone, puede ser un auténtico millonario en el amor, porque Dios está con usted y ¡CON DIOS USTED ES INVENCIBLE!