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HOJA SUELTA
¡Mi hija enamorada!

Eduardo Soto P.
Raquel, de 7 años, se enamoró. Tanto, que convenció a su hermana Ysatis (de 9), para que le escribiera al niño que es razón de sus desvelos, una carta de amor. Aprendió a ponerle perfume y hasta le estampó besos usando el lápiz labial de su madre. Ahora mi hija ríe y juega con el tema. Durante las reuniones familiares todos dejan libres las anárquicas carcajadas cuando reviven el episodio. Yo también sonrío, a veces. No me dejo llevar por el chiste porque ya se ve que mis hijas (¡y es que a las dos se les nota la vaina!) son de ese tipo de gente (como yo), que fácilmente se empacha de insomnio a causa de un mal amor estacionado en un lugar prohibido del corazón. Llegarán las noches, espero, no antes de doce años, que la única compañía de Raquel sea la almohada, a la que le hablará de “ese ingrato”, y con la que se quejará de los celos de papá, quien no sabrá explicarle que enamoriscarse tan temprano puede herirla y él no quiere eso para ella. Mirará el techo y se preguntará ¿por qué no me llamó? ¿Por qué besó a esa otra muchacha? ¿Por qué se tuvo que ir a estudiar a un país tan lejano? ¿Por qué el gordo de mi padre me impide ser feliz? Mi querida Raquel, mi mariposita: sé que no puedo evitar que esa lluvia caiga en tu patio. ¡Ya sabrás, hija mía, cómo y cuánto duele enamorarse siendo un chiquillo! Se puede llorar por horas inacabables, y se la pasará uno demasiado tiempo bajo el sereno, mirando la ventana de la casa de él o ella, esperando que se asome para tirarle un beso. Pronto te quedarás sin palabras cuando por vez primera te pregunte “¿quieres ir a la cafetería conmigo?” Y vas a llorar. No una... muchas veces. Y yo no puedo evitarlo. Pero no importa, con los años te percatarás que esos amores de niños son como los dientes de leche: duelen al salir por primera vez, llegan a ser útiles y fuertes, pero son irremediablemente pasajeros; luego vendrán los verdaderos... los eternos. No tengamos miedo de los amores por venir (esto me lo digo más a mí que a ti), porque tienen una función terapéutica en la vida de cada cual: son el equivalente espiritual de los sedantes que usan los cirujanos para calmar el dolor. Cuando la vida nos corte con su filo romo, ellos servirán para volver a reír, para seguir nadando en este río infestado de bichos que se empeñan en volvernos jirones la piel. Hoy, que vuelvo a pasar por el corazón esos amores de ayer, y me veo repetido en mis hijos, me digo que no hay nada más rico que ser niño y estar enamorado, y sé que mi hija dirá esto mismo cuando tenga mi edad: “si la vida me diera el chance de volver a empezar, aún sabiendo que lloraré, ¡volvería a escribir esa carta!”
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