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INQUIETUDES
“El Cacho” y el “Alacrán”
Como he dicho anteriormente las pandillas juveniles no son nuevas. Han existido en todas las épocas pero el grado de tolerancia de los padres de familia y las autoridades que son sumamente flexibles, han multiplicado en este tiempo a esos grupos que actúan al margen de la ley.

Antonio Díaz
Cuando “El Cacho” sonaba a las nueve de la noche, ningún menor de edad se atrevía a deambular por las calles, ya que “El Alacrán” los recogía y los padres de la familia tenían que ir a los tribunales a pagar las multas por la infracción de sus hijos. “El Cacho” ya no existe y, por supuesto, ya no suena el de las nueve de la noche. Eso era por la década del cincuenta y parte del sesenta. Era la época en que los padres respetaban las disposiciones que prohibían a los menores de edad estar hasta altas horas de la noche en la calle. Ahora, los padres ignoran dónde están sus hijos, y los hijos no saben dónde están sus padres. La presencia de menores de edad en bares y sitios de diversión pública, es cada día más notoria y por ello ha aumentado la delincuencia juvenil. “El Alacrán” que era una especie de vehículo celular que hoy tiene la policía, tampoco cumple ya esas funciones de prevención en los barrios citadinos, donde antes un oficioso policía se encargaba mediante un pitazo advertir a la muchacha que a las nueve de la noche debían permanecer en sus hogares. Los menores de edad ya no respetan a las autoridades. Cuando los arrestan sale la comunidad cómplice, a decir: “Pobrecito el niño”, y poco les falta para que lleven al policía a la oficina de Derechos Humanos o ante el defensor del pueblo. Así están las cosas en Panamá, donde hay un alto índice de menores delincuentes involucrados en atracos, robos y homicidios. Los “yeyesitos” de las clases pudientes tampoco escapan a esta situación en la que es responsable la sociedad panameña. Como he dicho anteriormente las pandillas juveniles no son nuevas. Han existido en todas las épocas pero el grado de tolerancia de los padres de familia y las autoridades que son sumamente flexibles, han multiplicado en este tiempo a esos grupos que actúan al margen de la ley. La juventud que es la reserva moral de la patria, parece estar en crisis desde el momento en que las autoridades desvían su atención por otros asuntos que a juicio de ellas son más prioritarios, pero no se dan cuenta que los ciudadanos de mañana se levantan deformes, sin modelos ni valores, y se van deslizando por una peligrosa pendiente que va a colapsar en el futuro de esta nación que se merece un mejor destino. Debemos evitar que Panamá siga siendo un país de valores invertidos. Algunos medios de comunicación son responsables porque fomentan la chabacanería y el mal gusto, debido a creativos extranjeros que diseñan un modelo negativo para los jóvenes, cuyos padres no supervisan el material que se les dirige o les perfora la mente, porque por la razón que fuera, no están el tiempo debido en sus casas. A la juventud panameña hay que salvarla de las malas influencias como la degradación por las drogas, la violencia, la desviación sexual y el enriquecimiento ilícito. El rearme moral es una opción que debemos tener en cuenta. No se trata de mojigatería ni de puritanismo. La urgencia en que esto se haga dependerá de la buena voluntad de la familia, que es el núcleo y la base de la sociedad. Un hogar con sólida formación cristiana no lo derrumba nadie. Como dice el Padre Rómulo Emiliani: “Con Dios somos invencibles”. Estamos frente a una generación extraviada, pero que puede ser llevada aun por el camino justo. Esa es una ventaja porque nos permite rectificar nuestros actos y actividades para conducir por senderos de progreso económico sin sacrificar los ideales que señala el espíritu cristiano. Estamos en el tercer milenio de la era cristiana y la oportunidad es propicia para que brille en nuestro horizonte el sol de las reivindicaciones populares.
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