Fueron cuatro días de temor, de ansiedad y de angustia para Carlos y Soledad. Cuatro días de abandono. Cuatro días que pasaron encerrados, casi sin comida. Solos, temerosos, llorosos, apretándose el uno contra el otro para darse ánimo.
Carlos y Soledad eran dos pequeños hermanos. Sus padres, que vivían en San Antonio, puerto de Chile, los dejaron abandonados para asistir a una romería religiosa. Después de cuatro días de sufrimiento, los dos hermanitos lograron salir de la casa, hambrientos y desfallecidos, y buscar asilo en una casa vecina.
La devoción religiosa es algo bueno, y el tener alguna clase de fe, aunque sea ruda e indocta, añade algún valor al ser humano. Pero dejar abandonados, solos en la casa, a dos hijos pequeños, un niño y una niña, sin comida, sin abrigo y sin protección, no tiene justificación alguna.
Dios nos manda proteger a nuestros hijos, dándoles amor, amistad, enseñanza, educación y calor de hogar. Para Él, la familia es lo primero, de modo que sacrificar la familia a fin de seguir una fanática idea religiosa o una mera costumbre es pecar contra su mandato divino.
Con respecto a nuestros deberes familiares, así dice la Palabra de Dios: "Hijos, obedezcan en el Señor a sus padres, porque esto es justo. "Honra a tu padre y a tu madre -que es el primer mandamiento con promesa- para que te vaya bien y disfrutes de una larga vida en la tierra." Y ustedes, padres, no hagan enojar a sus hijos, sino críenlos según la disciplina e instrucción del Señor" (Efesios 6: 1?4).
En cuanto a las esposas, el Señor dice: "Esposas, sométanse a sus propios esposos como al Señor.... Esposos, amen a sus esposas, así como Cristo amó a la iglesia y se entregó por ella" (Efesios 5: 22, 25).
El hogar es el templo de Dios. Cuando el padre es hombre recto y noble, cristiano cabal, y la madre es mujer creyente y piadosa, temerosa de Dios, los hijos han de criarse en una atmósfera sana. Y si en ese hogar se adora a Cristo y se lee con reverencia su Palabra y se procura cumplirla, allí no se necesita otra religión.
Porque la religión verdadera, la religión bien entendida, comprende una comunión vital con Cristo. Y cuando padre, madre e hijos gozan de esta preciosa comunión.