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Listos para la ponchera

Redacción | Crítica en Línea

No se escuchaban voces ni se veía nada claro, el único sentido que estaba más que activado era el olfato, una mezcla de semen, sudor y orine se apoderaban del lugar. Mientras que el aire acondicionado, más era lo que sonaba que lo que refrescaba, la calor era casi insoportable, tal vez con una función: lograr que el cuerpo se pusiera más ardiente.

Los gemidos y escenas caliente no lograban entretener al público quienes preferían mirar hacia los lados, pararse y caminar de un lugar a otro. Subían, bajaban tratando de ver qué encontraban en la oscuridad.

Hombres con camisas mangalargas, como oficinistas; constructores con mochilas en la espalda y jóvenes con libros en mano eran de los que más se veían, todos con aspecto muy varonil, nada de afeminados.

Uno de los mochileros fue el primero en pescar, caminó hasta la mitad de la sala y se sentó en la esquina, segundos después ya tenía un acompañante, pero como por arte de magia había desaparecido una cabeza, lo raro era un leve movimiento de arriba hacia bajo. Parecía no cansarse, duró varios minutos, luego se levantó como si nada, buscando complacer a otro.

Esta no era una de las escenas de las ardientes y algo anticuadas películas, solo era parte de lo que allí se vivía.

Estaba "anonadada", no podía creer lo que mis ojos veían, pero eso era sólo el principio. De pronto, el suave sonido de un palo me hizo mirar hacia el corredor, un abuelo con bastón en mano iba lento pero seguro, también al asecho como el cazador; más no era su día, le tocó autocomplacerse.

En la esquina derecha de la parte trasera se había formado algo, o eso era lo que parecía, estaba muy concurrida, casi no podía ver lo que sucedía, tampoco podía levantar sospechas.

Por lo que logré divisar, todos miraban que un hombre disfrutaba como un caramelo del miembro de otro. Se notaba algo asustado, no duró mucho. En esa esquina caliente, el menú era amplio, dos caballeros se sobaban el pecho como una pareja enamorada, otro le sobaba el pene al de lado mientras le decía algo en el oído; la felicidad fue interrumpida por el hombre de la linterna, quien alumbró algunas caras. Las excitadas parejas no tuvieron más que irse a sentar.

En una hora se habían transmitido cuatro cintas ninguna de homosexuales; por el valor de la entrada se podía disfrutar toda la tarde. La única interrupción eran las ratas, que habían copiado el estilo de los que visitaban el lugar, estaban en busca del algo, andaban de un lado para el otro, quizás confundiendo el líquido trofeo de haber llegado al clímax, con su queso.

Su robusto tamaño nos corrieron, no me importó el final de la cinta, tenía temor de que mis piernas fueran rozadas por el roedor, es más me hicieron olvidar que era la única mujer en la sala y que cualquier ardiente y excitado espectador, podría no importarle la presencia de mi acompañante, aunque la verdad, ellos preferían algo más rudo: otro hombre.




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