El sonido de excitantes gemidos era lo único que se escuchaba, el "ahhhhh" sólo era interrumpido por "more, more sex (más sexo)". La pose del misionero delataba el tamaño de su miembro, pero allí a nadie le importaba. Preferían caminar casi a ciegas, dejándose llevar del celaje, sólo alumbrados de la tenúe luz de las ardientes escenas.
Los caminantes eran machos, por lo menos así les dijo el doctor cuando nacieron, conocían muy bien el funcionamiento de aquel lugar, un cine donde la temperatura arde, y que fue de esparcimiento para todo la familia. El "teatro" que una vez presentaba "Lo que viento se llevó", había cambiado de cartilla "Culitos picantes" o "La vagina asesina".
UN PASEO PORNOGRAFICO
Eran la seis de la tarde, la calle 17 Santa Ana estaba repleta, mi acompañante lucía algo apenado, era la hora de salida de muchos trabajadores y temía ser reconocido. Y es que en esa área todos los que la transitan están pendiente de quién entra a uno de los cines pornográficos, donde el menú se ofrece de 3 de la tarde a 9 de la noche. Por lo general la entrada general tiene un costo de B/2.14, con impuesto y todo. Los jubilados tienen trato especial, pagan B/1.97, ¡y vaya que lo aprovechan!
Hay cartelones pegados por todos lados, nombres de las cintas con eróticas ilustraciones, información para los clientes y uno que recuerda que la entrada a menores no está permitida, aunque la verdad nunca nos pidieron cédula.
Justo antes de entrar al mundo donde los penes son los protagonistas, te espera un seguridad, quien verifica que realmente pagaste para disfrutar.
La oscura entrada estaba aglomerada, no hay puesto, imaginamos, pero no era así, sillas eran lo que sobraban. "Por algo están allí parados" me secreteaba mi amigo, así que decidimos quedarnos de pie como todo el mundo, pero no pasó ni un minuto cuando un señor con una linterna en mano nos dijo: "vengan para buscarles puesto", fuimos los únicos con tal trato, quizás no están acostumbrados a ver mujeres (la única en la sala era yo).