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HOJA SUELTA
Un cumpleaños

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Eduardo Soto Pimentel
Eduardo Soto P.
Crítica en Línea

Chefa, mi madre, está a las puertas de su séptima década. Reímos hace poco en El Chorrillo, donde comíamos pescado y tomamos cerveza, cuando me dijo pícara: “tengo miedo de ponerme vieja... y quedarme sola”. ¡Se siente muchacha la doña! Y se ve hermosa.

Para ella estas líneas, mientras pido perdón a ustedes lectores, por insistir en meterlos a empujones en mi vida.

A ti, mamá, mi canción:

Le abrí la prisión a la memoria en alta noche, y ahí estaba ella en el umbral, con su risa de caña, y sus ojos de mar. Es la misma escena de mis ratos oníricos, cuando desde la cuna la miré sin ropas, las chapetas en su rostro, y un cárdeno beso pendiendo de la boca virginal. Al fondo, en el viejo camastro de otros años, el hombre aquel que la sangre y el gusto por la vida me heredó, dormitaba hechizado por el sedimento del reciente amor de fuego que le hizo súbdito y le obcecó.

Es mi madre desnuda como el desierto, angel tutelar, de mis venenos cedrón.

Vi pasar quebrantos. La recuerdo llorando. La veo con un niño en brazos, lloviznas conjurando. Veo sus manos mustias, cansadas desde joven, ateridas por el agua jabonosa del lavado. Y la ropa limpia se mutaba en pago... para alimento y zapatos... para educar al muchacho.

Y aparece en mis recuerdos caminando madrugadas, diciéndonos que el trapo turbio de las viejas camas, era antiguo paño del más fino tul. Y en casa le creíamos, sus palabras eran santas, no había argumento alguno que sobrepasara su sentencia de arcángel, su fama de augur.

Tengo una madre que merece los altares. En el fondo de la fuente, ahí donde yace el cristal roto de mis remembranzas, está batiéndose en batalla a vida o muerte con el hambre, con la calle, el estiaje y el oscuro tugurio donde habitaba el percance. Para el frío indolente, fue mi traje. Fue ella quien me dio la digna rectitud del árbol, porque también ella misma fue espesura que nos salvó de bochornos estivales.

Me enseñó a compartir el pan y la colcha. Me dijo “no robe”. Me enseñó a sumar, a leer, y a rezarle a San Martín de Porres. Fue candil, mi faro, exorcista de los básicos temores. La tengo en el duro mediodía, secándome los sudores; velando los sueños de cal, cuando agobiaba la noche.

Y la tengo acompañando de la familia el traspié. Tendiendo manos para levantarnos. Con su paso lento y su mirada esmeralda, la tengo viva, luchando. Por eso a Dios gracias...

Amén.

Feliz cumpleaños, vieja mía. No sé que habría sido de mí sin ti. Y prefiriría partir primero, porque no sé que haré cuando no estés.

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