Era una muchacha del pueblo. Pobre, desaliñada, perdida, pasaba de mano en mano como moneda falsa, pero ninguno se quedaba más que un rato con ella. Le habían puesto un mote humillante. Ella lo soportaba con resignación, la misma resignación con que soportaba toda su vida de vergüenza y tristeza.
Un día un hombre rico del pueblo le dijo: "Ven a vivir conmigo." Y la muchacha aceptó su oferta. De ahí en adelante tuvo un hombre a su lado. Tuvo hogar. Tuvo un lecho digno. Y sobre todo, tuvo lo que nunca antes había tenido: tuvo amor.
Pasaron los años. La muchacha olvidó su pasado. Supo lo que era la felicidad. Fue fecunda. Tuvo hijos hermosos e inteligentes. Y cuando murió el hombre que la había amparado, quedó dueña de su apellido, de su dignidad y de su herencia.
Esta historia verídica, aunque anónima, muestra lo que puede lograr el amor cuando es genuino. No hay fuerza en el mundo superior a la fuerza del amor. Aunque algunos digan que el odio, la venganza y la codicia son pasiones más fuertes, y que el dinero y las armas tienen más potencia, el amor sigue siendo la fuerza más grande del mundo.
La historia de esta muchacha, que vivió una juventud perdida pero que posteriormente conoció el bienestar económico y moral, puede interpretarse como una alegoría o una ilustración de la obra de Jesucristo a favor de cada mujer, cada hombre, cada joven o cada señorita que andan perdidos en la degradación y la miseria. Porque aquel hombre que redimió civilmente a la joven del mote humillante le dio su amor y todo lo que el amor auténtico conlleva. Le dio dignidad, le dio su nombre, le dio bienestar económico y, por último, le dio su herencia.
Esto mismo hace Cristo con cada pecador que se arrepiente y que acepta su oferta de vivir al amparo de su amor divino. Le da ese amor genuino, eso sí, pero también le da su dignidad, le da su nombre, le da bienestar material y moral y, por último, le da la herencia del cielo.
La razón es la misma. Lo hace por amor, porque en el fondo de todo acto redentor verdadero está el amor. Sólo el amor tiene el poder necesario para hacer algo semejante.
Pero hay una diferencia fundamental entre lo que hizo Cristo y lo que hizo el hombre de la anécdota. Cristo murió por nosotros y resucitó para que pudiéramos tener vida abundante y eterna. El amparo que nos ofrece a todos los que creemos en Él y le entregamos nuestra vida -la salvación que dura por la eternidad- es una herencia incomparable.