Érase una vez, Dios le dijo al profeta Samuel que le comunicara a Saúl (primer rey de Israel) que exterminara a los amalecitas. Para ello -ordenó el Señor- el ejército israelita debía atacarlos y destruirlos junto con todas sus posesiones. Debían asimismo, matar sin compasión a los hombres, mujeres, niños y recién nacidos, también toros y ovejas, camellos y asnos. Entonces Saúl fue con su ejército y derrotó a los amalecitas, pero tomó prisionero a Agag, rey amalecita, sin matarlo. Tampoco mató a las mejores ovejas ni a los becerros más gordos ni a los carneros; ni destruyó las cosas de valor.
-Me pesa haber hecho rey a Saúl, porque se ha apartado de mí y no ha cumplido mis órdenes- manifestó el Altísimo a su profeta Samuel.
Samuel entonces reprendió al rey Saúl, y éste, para justificar su incumplimiento, contestó:
-La tropa se quedó con ovejas y toros, para sacrificarlos en honor al Señor.
-"Más le agrada al Señor que se le obedezca que ofrecerle sacrificios y grasas de carnero"; y tú has rechazado sus mandatos, ahora Él te rechaza como rey- sentenció el profeta Samuel.
Más adelante, Samuel, por instrucciones del Omnipotente, consagra a David como futuro rey de Israel y sucesor de Saúl.
Mensajes: 1) Se debe obedecer íntegramente al Eterno: Saúl dejó con vida al rey Agag y lo mejor de los rebaños de los amalecitas, por ende, es rechazado por Adonay como rey. Dios juzga con severidad aun a sus escogidos. De igual modo, debemos cumplir con los mandamientos de Dios de forma completa, de lo contrario, desagradaríamos al Todopoderoso.
2) Dios protege a los suyos: la razón por la que el Padre Celestial determinó el exterminio de los amalecitas fue porque éstos atacaron a los israelitas cuando salieron de Egipto con Moisés. ¡Dios venga a los que agreden a sus hijos!